Frustración que mi ánimo enreda
Al comprobar con desaliento
Que después de demostrar mi talento
Arrinconado mi escrito queda
Es la infinita e ingrata rueda
En la lucha negada del portento
¿Cuándo ha de llegar mi gran momento?
¿Será cuando mi genialidad pueda?
Así, día tras día, me desmorono
En la soledad de mi cuarto escribo
Papeles y papeles que arrincono
¿Será mi ritmo, triste, monótono?
O mi mal hacer que yo no percibo
De tanto sin sabor que amontono.
EL REFUGIO DE AMANDO: UN LUGAR, DONDE SOLO LLEGA EL SILENCIO. POESIAS Y RELATOS CORTOS. Iré subiendo mi recompilacion de relatos titulada "EN CARNE VIVA"
domingo, 7 de septiembre de 2008
EN EL DESCONSUELO DE MI SOLEDAD
En el desconsuelo de mi soledad
A la vida aborrezco y maldigo
Porque con mi lucha solo consigo
Pequeños instantes de felicidad.
Que es paz, y amor lo que persigo
Nada, que este a mi alcance
Con ella mantengo un lance
Donde doy todo por perdido.
Claro olor, nauseabundo y podrido
De mentiras que envenenan
Donde vivir se torna condena
En una lucha eterna y sin sentido.
Que es desolador, batallar a sabiendas
Que de antemano, todo está perdido
Porque ganar, es bien sabido
Que la vida no da tregua, ni prebendas
A cada batalla que gano
Con titánico esfuerzo y bravura
Pierde ella, en valor y ternura
Y yo me torno más humano
Ella te enseña, y no en vano
En las cicatrices encuentras dulzura
Y en la experiencia, la mesura
Que solo abarca tu mano.
Y ahora, cansado de aborrecerte tanto
Vencido de entre el barro, me levanto
Que mañana volveré a caer
Y aunque me hagas padecer.
Nunca volverás a escuchar mi llanto.
Que en el desconsuelo de mi soledad
A la vida aborrezco y maldigo
Porque lo único que ansío
Siempre de mis manos escapa
Y ahora, envuelto en mi capa
Revestido de este coraje mío
Lucharé…, esfuerzo baldío
A la vida aborrezco y maldigo
Porque con mi lucha solo consigo
Pequeños instantes de felicidad.
Que es paz, y amor lo que persigo
Nada, que este a mi alcance
Con ella mantengo un lance
Donde doy todo por perdido.
Claro olor, nauseabundo y podrido
De mentiras que envenenan
Donde vivir se torna condena
En una lucha eterna y sin sentido.
Que es desolador, batallar a sabiendas
Que de antemano, todo está perdido
Porque ganar, es bien sabido
Que la vida no da tregua, ni prebendas
A cada batalla que gano
Con titánico esfuerzo y bravura
Pierde ella, en valor y ternura
Y yo me torno más humano
Ella te enseña, y no en vano
En las cicatrices encuentras dulzura
Y en la experiencia, la mesura
Que solo abarca tu mano.
Y ahora, cansado de aborrecerte tanto
Vencido de entre el barro, me levanto
Que mañana volveré a caer
Y aunque me hagas padecer.
Nunca volverás a escuchar mi llanto.
Que en el desconsuelo de mi soledad
A la vida aborrezco y maldigo
Porque lo único que ansío
Siempre de mis manos escapa
Y ahora, envuelto en mi capa
Revestido de este coraje mío
Lucharé…, esfuerzo baldío
miércoles, 16 de julio de 2008
SONETO SOLO
SOLO
De mil heridas, el corazón curtido.
Estriado, como tu frente arrugada.
De tu angustia, mil veces enterrada.
Por hallarte solo y desprotegido.
Ahora, ya anciano y desvalido.
Olvidado de cuantos dicen te aman.
Plagado de cosidos que no sanan.
Dejado por los tuyos al descuido.
Triste destino por ti encontrado.
Después de haberles ofrecido tanto.
Ahora te encuentras viejo y castrado.
¿De que sirve, el rostro arrugado?
¿Tus sacrificios, tu mísero llanto?
Si a la soledad, eres condenado.
De mil heridas, el corazón curtido.
Estriado, como tu frente arrugada.
De tu angustia, mil veces enterrada.
Por hallarte solo y desprotegido.
Ahora, ya anciano y desvalido.
Olvidado de cuantos dicen te aman.
Plagado de cosidos que no sanan.
Dejado por los tuyos al descuido.
Triste destino por ti encontrado.
Después de haberles ofrecido tanto.
Ahora te encuentras viejo y castrado.
¿De que sirve, el rostro arrugado?
¿Tus sacrificios, tu mísero llanto?
Si a la soledad, eres condenado.
martes, 1 de julio de 2008
SONETO
Olvidar, pero olvidar no puedo
Ya que tu sonrisa mi mente toca.
Esa mirada limpia, esa boca,
Amargado de tu recuerdo quedo
Tú valentía, eclipsa mi credo
Y tú ausencia vacía mi copa.
Ya quedo seco, lágrimas pocas
Solo añoranzas y débil miedo.
De no volver jamás a recordarte
Y perderte de entre mi memoria.
Temer, que el tiempo haga olvidarte.
Por no aceptar la fingida historia.
Que representa tu temprana suerte.
Y quedar solo, preso de tu gloria
Ya que tu sonrisa mi mente toca.
Esa mirada limpia, esa boca,
Amargado de tu recuerdo quedo
Tú valentía, eclipsa mi credo
Y tú ausencia vacía mi copa.
Ya quedo seco, lágrimas pocas
Solo añoranzas y débil miedo.
De no volver jamás a recordarte
Y perderte de entre mi memoria.
Temer, que el tiempo haga olvidarte.
Por no aceptar la fingida historia.
Que representa tu temprana suerte.
Y quedar solo, preso de tu gloria
SONETO LA NADA
Templanza que la madurez concede.
Al contemplar tras de mí la nada.
Alzo la frente, el alma callada.
A donde voy, nadie seguirme puede.
Ando despacio, nada me precede.
Siento que llegó mi hora postrera.
Que entregué la vida entera.
Y mi alma a su descanso accede.
Y ahora, corriendo con gran brío.
A las puertas, mi mano se detiene.
¿Qué habrá tras su aspecto sombrío?
¿Qué será de mis terrenales bienes?
¿Será el descanso que tanto ansío?
¿Será la nada, lo que ahora viene?
miércoles, 26 de marzo de 2008
LOS HOMBRES NO LLORAN
El pequeño Andrés extrajo con manos temblorosas el caramelo del bolsillo de su pijama, con gestos nerviosos y actitud ávida se lo puso en la boca casi sin desprenderlo del envoltorio, mientras su cara se contraía en un gesto de dolor. Chupó el caramelo de morfina con enorme ansia mientras se hiper ventilaba tal y como le habían enseñado, para mitigar los efectos del ataque que sufría. Apretó su diminuta mandíbula con fuerza y cerró los ojos, al hacerlo, las lágrimas resbalaron por sus mejillas…, otra vez aquel inhumano dolor.
Intentó levantarse de la silla para pedir ayuda a su hermano mayor, se había quedado en casa para cuidarle, pero el sufrimiento era superior a sus agotadas fuerzas. Sus débiles y escuálidas piernas apenas le aguantaron y cayó de bruces sobre el suelo enmoquetado de su dormitorio. En la caída, arrastró consigo la jarra de agua y la moqueta quedó empapada, al igual que él, mientras la gruesa tela amortiguaba el ruido de la jarra en su choque contra el suelo. Abrió la boca en un vano intento por gritar, pero resultó del todo imposible, el dolor le arremetía a oleadas intermitentes, cada una de ellas de mayor intensidad que la anterior. Se arrastró como pudo hasta alcanzar la mesita de noche, abrió uno de los cajones y con un increíble esfuerzo extrajo una jeringuilla, le sacó el tapón de plástico que cubría la aguja hipodérmica y con inusitado valor, impropio de sus nueve años, se la clavó en el muslo con un movimiento seco. La mantuvo clavada en su pierna unos segundos, mientras su diminuto pulgar presionaba la lengüeta de apoyo y hacía que el émbolo se desplazara, inoculando su contenido en su cuerpo. Se tendió sobre la moqueta, rendido por el esfuerzo agotador, con los ojos en blanco y la mente perdida en el techo de su habitación. Por suerte, la morfina rápidamente le otorgó una pequeña tregua.
A cuatro patas pudo llegar hasta la cama, con gran arresto, trepó por las sábanas y empapado como estaba, se recostó sobre el confortable colchón, cerró sus ojos y se dejó llevar por los recuerdos. Pronto aparecieron en su cabeza escenas de la última película que le había regalado su padre titulada «Ice Age», y una pícara sonrisa apareció en sus labios, rememorando las divertidas aventuras vividas por Mani y Sid con el bebé humano. El dolor parecía remitir y su respiración empezaba a cobrar la normalidad. Se reincorporó sobre su cama y desvió la vista hacia el despertador que descansaba sobre la mesita, su madre estaba trabajando y no volvería hasta las dos, la hora de comer, pero eso a él le era indiferente, únicamente quería que su madre le abrazara y descansar su cabecita en su pecho…, Andrés no podía ingerir alimentos sólidos y los líquidos, tampoco eran tolerados por su cuerpecito acribillado por la radioterapia, el suero era su único alimento.
Ya no iba a la escuela y sus amigos…, sus amigos parecían haberle olvidado, aunque pensándolo mejor, quizás la culpa era suya, apenas tenía ganas de chatear con ellos, bueno mas que ganas, las fuerzas le abandonaban apenas aporreadas tres teclas. Sus profesores le habían visitado en alguna ocasión, y le habían traído apuntes, para que no perdiera demasiado el ritmo de la clase, pero Andrés, no se encontraba con ánimos de repasar nada de nada. Siempre estaba solo…, con su dolor y con su llanto sordo…, mudo.
El recuerdo de sus amigos jugando en el patio entristeció su pequeño corazón, se sorbió los mocos y con la manga del pijama se limpió las lágrimas… «No lloraré, aunque me siga doliendo, no pienso hacerlo» se decía así mismo buscando el mando de la consola «Mi padre dice que los hombres no lloran, y tiene razón, solo se desangran, pero no lloran»
El mando de la consola le pillaba bastante lejos, tanto como un par de metros, pero ahora le resultaban inalcanzables. Se recostó en la cama y una nueva sonrisa volvió a dibujarse en su cara. Andrea, la chica de la primera fila de clase le llevaba de cabeza, aunque no se atrevía a decirle que le gustaba, ¿de cabeza? Se llevó las manos a su cráneo rapado, no pudo evitar unos pucheros recordando su melena... Todos en clase lo sabían, pero a él no le importaba, aunque se rieran, era su chica. Algún día reuniría las fuerzas suficientes para decírselo, o quizás ya no. Se encogió de hombros y expelió todo el aire de sus pulmones mientras intentaba serenarse y sobreponerse a sus recuerdos, a su llanto.
En aquel año y medio, azotado por la enfermedad, Andrés había madurado mucho. Razonaba como un adulto, y había asumido su enfermedad con total entereza, solo se derrumbaba en contadas ocasiones presionado por el intenso dolor y por los recuerdos de sus amigos. Lloraba en silencio sin quererlo, sin pretenderlo, porque él, él quería ser fuerte como su padre. Únicamente, cuando no había nadie presente como ahora, se le escapaba de su pecho, un angustioso llanto. No quería que su madre sufriera, la pobre, la pobre lloraba tanto. Siempre disimulando, aunque él se daba perfectamente cuenta del dolor que su estado infringía a su atormentada madre…
—No es nada Andresito, solo que me ha vuelto a entrar una pestaña en el ojo… Creo, creo que me he vuelto a resfriar, ¡claro con este tiempo!… No, si no me sacaré el resfriado de encima…Maldito rimel, ya me ha vuelto a entrar en el ojo…
«Lo sé mama, se lo que sufres, pero pronto todo acabará, ya verás» se infundía ánimos.
Se acercó con pasos lentos a su armario, y descolgó de una de las perchas, las prendas de su equipo de fútbol favorito. Andrés era un fan del «Barça» y su ídolo era Ronaldinho, su camiseta lucia su nombre con su número. Tomó del estante la pelota firmada por el as del balompié…, un día de Navidad en que fue a visitarle al hospital, Ronaldinho le regaló la pelota y se la firmó, era su mejor trofeo, su enorme tesoro junto con la fotografía que descansaba en su mesita. Le echó un vistazo, volvió a sonreír, esa pelota y la fotografía era la envidia de toda la clase.
—Ya se —dijo en voz alta— Si me pongo bueno, se la regalaré a Antonio, Antonio está loco por la pelota. La última vez me la quería cambiar por dos juegos de la play —Se llevó la mano a la cabeza, el dolor empezaba nuevamente... Antonio era su mejor amigo, pero hacía un mes que no venía a visitarle.
Vestido del «Barça» y con la pelota en las manos, volvió a tumbarse en la cama, aburrido, cansado por la situación y por su soledad mientras hacía inventario de sus pertenencias.
—La foto, la foto es para Oriol —se reafirmaba mientras continuaba hablando en voz alta— Y la play y todos mis juegos, para Marc —Marc era su hermano mayor y Oriol, su segundo mejor amigo. Marc al igual que Antonio, hacía un siglo que no venía a visitarle —Los pobres…, estarán con los exámenes, claro.
En la pared del fondo había un calendario, en rotulador amarillo Andrés había marcado los días de radioterapia y en verde, los días posibles de un transplante de médula.
Los doctores hacían todo lo posible, y sus padres también, sin embargo tanto su hermano como su padre, resultaban incompatibles con él, así que paciencia, se decía mirando el calendario, que se encontraba hasta final de año, limpio de marcas verdes, sin embargo sabía que se hallaba en lista de espera, así que todo era cuestión de tiempo. Esperar, esperar, esperar, tengo nueve años y estoy cansado de esperar.
Cuando sea mayor, quiero ser como papa —se decía con la pelota sobre su pecho—. Él siempre tan fuerte, nunca llora y yo, yo soy como mamá siempre con pucheros.
Tomo la pelota con rabia y le dio un fuerte puntapié. El balón fue a estrellarse contra la fotografía, esta calló del estante y se rompió el cristal del marco al estrellarse contra el suelo en una zona de la habitación que no estaba enmoquetada. Andrés se espantó, se levantó con dificultad y se acuchilló ante el desastre. Con paciencia empezó a recoger los cristales, con tan mala suerte que se cortó en un dedo.
—¡Ay! —Exclamó mientras se llevaba el dedo a la boca— No voy a llorar, nunca jamás, aunque me corte o me de el ataque. Prefiero desangrarme a llorar —decía, emulando los consejos de su padre.
El sonido de un claxon hizo que Andrés se acercara a la ventana. Era su padre que llegaba con su coche a toda prisa.
—¿Qué pasa ahora? ¿Y qué hace papá en casa tan pronto? —se preguntaba.
El hombre dejó el coche de cualquier manera con las llaves puestas en el contacto. Miró hacia arriba y le esgrimió una hoja de papel a modo de bandera mientras gritaba su nombre.
Lucas el padre de Andrés penetró en el interior de la casa y subió las escaleras a toda prisa hasta llegar a la habitación del niño. Entró y sin decirle nada, con el papel en la mano, se arrodilló ante su hijo, lo abrazó y lo estrujó contra su pecho a la vez que prorrumpía en un llanto lastimero e inconsolable. Andrés no comprendía por qué su padre, le abrazaba, le cubría de besos y no cesaba de llorar cuando su padre, jamás de los jamases, había vertido una sola lágrima, ni siquiera el día que los médicos les dijeron que su enfermedad podía… —sacudió la cabeza— mejor olvidarlo.
—Papa, los hombres no lloran…, me dijiste —reprochaba Andrés—. Sólo se desangran. Aunque nunca he entendido que significa eso.
—Lo se hijo, lo se pero yo lloro de alegría, no de tristeza —respondía el padre hipando frenéticamente.
—¿Que diferencia hay? Llorar…, es llorar.
Su padre se rehizo un poco, y así de rodillas ante él lo tomó por los hombros.
—Cuando un hombre ya se ha desangrado por completo, sin verter una sola lágrima, ya no le queda nada que derramar —Andrés le contemplaba atónito, sin entender—. Sin embargo, cuando te envuelve la alegría, una alegría que eclipsa los momentos más tristes de tu vida, sin quererlo, sin pretenderlo, los hombres, a veces lloran… Tenemos un donante compatible hijo. Pronto te curarás —soltó a bocajarro.
—¿De verdad papa? —Inquirió el pequeño Andrés con unos ojos como platos.
—De verdad hijo —asentía el hombre mientras se mocaba con un pañuelo
—¿Lo sabe mama?
—Viene para aquí. Vamos a celebrarlo hijo, por todo lo alto.
Andrés se quedó serio, con la mirada perdida en el marco roto y en su dedito, del que manaba un hilo de sangre. Miró el rostro de su padre marcado por el llanto y le sobrevinieron tantos y tantos momentos de dolor, tantos y tantos momentos de soledad, de tristeza de espera…, y de repente empezó a enfurecerse y a darle puñetazos a su padre en el pecho y patadas sin parar, de forma frenética. Su padre lo cogió por las muñecas e intentó calmarlo.
—Hijo, pero, ¿qué te sucede?
—Yo…—gimoteaba.
—¿Si?
—Yo, no soy ningún valiente. Yo… yo he llorado de tristeza, sin que nadie me oyera. Perdóname papá —reconocía a su padre entre pucheros.
—¿Que te perdone?
—Si perdóname papá, por haber llorado cuando nadie me veía, aquí solo, en mi cuarto. Me ponía una almohada en la boca para que no me escucharais y daba volumen a la tele… Lo siento papa He llorado solo, solo papá, sin que nada ni nadie me consolara. Me he tragado todos los mocos, tantos que pensé que moriría, me he sentido solo, sin consuelo, por el hecho de hacerte caso, de ser fuerte, de ser valiente, y ahora tú…, tú, cuando hay motivo de alegría, lloras como mamá.
—Hijo, perdóname tú a mí, porque he estado ciego y solo he visto mi pena por tu posible pérdida. He sido un egoísta, al no entender la tuya, al coartarte la espontaneidad de tus sentimientos y que te mostraras ante mí, desnudo con todo tu dolor…. Dices que te perdone ¿Cómo quieres que perdone…, tu valor? Los niños no lloran, son los hombres quienes si lo hacen aunque se desangren, y tú, tú eres un hombre y ya has llorado demasiado en soledad. Todos hemos llorado demasiado, encerrados en nosotros mismos, sin entender, que al igual que la alegría, la tristeza también hay que compartirla y que poco importa ser frágil, mostrar debilidad ante quienes te quieren. ¡Basta de esconder nuestros sentimientos! De intentar parecer fuertes, cuando solo somos hombres, débiles hombres tocados por la angustia, por la enorme pena que es… tu desgraciada enfermedad. Perdóname, hijo, por estar ciego, por no entender…
Lucas volvió a abrazar a su hijo, su cabeza encontró refugio entre su pecho. Noto su estremecimiento, su dolor, su angustia, su soledad, su pena, su infinito padecimiento, su alegría y su valor, su extraordinario valor. Había aprendido una lección de su hijo, acosta de su dolor, de su soledad, una sencilla lección que jamás olvidaría; todos, en algún momento, lloramos y nuestros lloros, deben ser compartidos, si ya es amargo de por sí llorar, en soledad resulta inhumano. Los hombres, cualquiera que se precie de serlo, debe dar rienda suelta a sus sentimientos, sin cortapisas, cada uno de nosotros debemos ser, nosotros mismos.
Intentó levantarse de la silla para pedir ayuda a su hermano mayor, se había quedado en casa para cuidarle, pero el sufrimiento era superior a sus agotadas fuerzas. Sus débiles y escuálidas piernas apenas le aguantaron y cayó de bruces sobre el suelo enmoquetado de su dormitorio. En la caída, arrastró consigo la jarra de agua y la moqueta quedó empapada, al igual que él, mientras la gruesa tela amortiguaba el ruido de la jarra en su choque contra el suelo. Abrió la boca en un vano intento por gritar, pero resultó del todo imposible, el dolor le arremetía a oleadas intermitentes, cada una de ellas de mayor intensidad que la anterior. Se arrastró como pudo hasta alcanzar la mesita de noche, abrió uno de los cajones y con un increíble esfuerzo extrajo una jeringuilla, le sacó el tapón de plástico que cubría la aguja hipodérmica y con inusitado valor, impropio de sus nueve años, se la clavó en el muslo con un movimiento seco. La mantuvo clavada en su pierna unos segundos, mientras su diminuto pulgar presionaba la lengüeta de apoyo y hacía que el émbolo se desplazara, inoculando su contenido en su cuerpo. Se tendió sobre la moqueta, rendido por el esfuerzo agotador, con los ojos en blanco y la mente perdida en el techo de su habitación. Por suerte, la morfina rápidamente le otorgó una pequeña tregua.
A cuatro patas pudo llegar hasta la cama, con gran arresto, trepó por las sábanas y empapado como estaba, se recostó sobre el confortable colchón, cerró sus ojos y se dejó llevar por los recuerdos. Pronto aparecieron en su cabeza escenas de la última película que le había regalado su padre titulada «Ice Age», y una pícara sonrisa apareció en sus labios, rememorando las divertidas aventuras vividas por Mani y Sid con el bebé humano. El dolor parecía remitir y su respiración empezaba a cobrar la normalidad. Se reincorporó sobre su cama y desvió la vista hacia el despertador que descansaba sobre la mesita, su madre estaba trabajando y no volvería hasta las dos, la hora de comer, pero eso a él le era indiferente, únicamente quería que su madre le abrazara y descansar su cabecita en su pecho…, Andrés no podía ingerir alimentos sólidos y los líquidos, tampoco eran tolerados por su cuerpecito acribillado por la radioterapia, el suero era su único alimento.
Ya no iba a la escuela y sus amigos…, sus amigos parecían haberle olvidado, aunque pensándolo mejor, quizás la culpa era suya, apenas tenía ganas de chatear con ellos, bueno mas que ganas, las fuerzas le abandonaban apenas aporreadas tres teclas. Sus profesores le habían visitado en alguna ocasión, y le habían traído apuntes, para que no perdiera demasiado el ritmo de la clase, pero Andrés, no se encontraba con ánimos de repasar nada de nada. Siempre estaba solo…, con su dolor y con su llanto sordo…, mudo.
El recuerdo de sus amigos jugando en el patio entristeció su pequeño corazón, se sorbió los mocos y con la manga del pijama se limpió las lágrimas… «No lloraré, aunque me siga doliendo, no pienso hacerlo» se decía así mismo buscando el mando de la consola «Mi padre dice que los hombres no lloran, y tiene razón, solo se desangran, pero no lloran»
El mando de la consola le pillaba bastante lejos, tanto como un par de metros, pero ahora le resultaban inalcanzables. Se recostó en la cama y una nueva sonrisa volvió a dibujarse en su cara. Andrea, la chica de la primera fila de clase le llevaba de cabeza, aunque no se atrevía a decirle que le gustaba, ¿de cabeza? Se llevó las manos a su cráneo rapado, no pudo evitar unos pucheros recordando su melena... Todos en clase lo sabían, pero a él no le importaba, aunque se rieran, era su chica. Algún día reuniría las fuerzas suficientes para decírselo, o quizás ya no. Se encogió de hombros y expelió todo el aire de sus pulmones mientras intentaba serenarse y sobreponerse a sus recuerdos, a su llanto.
En aquel año y medio, azotado por la enfermedad, Andrés había madurado mucho. Razonaba como un adulto, y había asumido su enfermedad con total entereza, solo se derrumbaba en contadas ocasiones presionado por el intenso dolor y por los recuerdos de sus amigos. Lloraba en silencio sin quererlo, sin pretenderlo, porque él, él quería ser fuerte como su padre. Únicamente, cuando no había nadie presente como ahora, se le escapaba de su pecho, un angustioso llanto. No quería que su madre sufriera, la pobre, la pobre lloraba tanto. Siempre disimulando, aunque él se daba perfectamente cuenta del dolor que su estado infringía a su atormentada madre…
—No es nada Andresito, solo que me ha vuelto a entrar una pestaña en el ojo… Creo, creo que me he vuelto a resfriar, ¡claro con este tiempo!… No, si no me sacaré el resfriado de encima…Maldito rimel, ya me ha vuelto a entrar en el ojo…
«Lo sé mama, se lo que sufres, pero pronto todo acabará, ya verás» se infundía ánimos.
Se acercó con pasos lentos a su armario, y descolgó de una de las perchas, las prendas de su equipo de fútbol favorito. Andrés era un fan del «Barça» y su ídolo era Ronaldinho, su camiseta lucia su nombre con su número. Tomó del estante la pelota firmada por el as del balompié…, un día de Navidad en que fue a visitarle al hospital, Ronaldinho le regaló la pelota y se la firmó, era su mejor trofeo, su enorme tesoro junto con la fotografía que descansaba en su mesita. Le echó un vistazo, volvió a sonreír, esa pelota y la fotografía era la envidia de toda la clase.
—Ya se —dijo en voz alta— Si me pongo bueno, se la regalaré a Antonio, Antonio está loco por la pelota. La última vez me la quería cambiar por dos juegos de la play —Se llevó la mano a la cabeza, el dolor empezaba nuevamente... Antonio era su mejor amigo, pero hacía un mes que no venía a visitarle.
Vestido del «Barça» y con la pelota en las manos, volvió a tumbarse en la cama, aburrido, cansado por la situación y por su soledad mientras hacía inventario de sus pertenencias.
—La foto, la foto es para Oriol —se reafirmaba mientras continuaba hablando en voz alta— Y la play y todos mis juegos, para Marc —Marc era su hermano mayor y Oriol, su segundo mejor amigo. Marc al igual que Antonio, hacía un siglo que no venía a visitarle —Los pobres…, estarán con los exámenes, claro.
En la pared del fondo había un calendario, en rotulador amarillo Andrés había marcado los días de radioterapia y en verde, los días posibles de un transplante de médula.
Los doctores hacían todo lo posible, y sus padres también, sin embargo tanto su hermano como su padre, resultaban incompatibles con él, así que paciencia, se decía mirando el calendario, que se encontraba hasta final de año, limpio de marcas verdes, sin embargo sabía que se hallaba en lista de espera, así que todo era cuestión de tiempo. Esperar, esperar, esperar, tengo nueve años y estoy cansado de esperar.
Cuando sea mayor, quiero ser como papa —se decía con la pelota sobre su pecho—. Él siempre tan fuerte, nunca llora y yo, yo soy como mamá siempre con pucheros.
Tomo la pelota con rabia y le dio un fuerte puntapié. El balón fue a estrellarse contra la fotografía, esta calló del estante y se rompió el cristal del marco al estrellarse contra el suelo en una zona de la habitación que no estaba enmoquetada. Andrés se espantó, se levantó con dificultad y se acuchilló ante el desastre. Con paciencia empezó a recoger los cristales, con tan mala suerte que se cortó en un dedo.
—¡Ay! —Exclamó mientras se llevaba el dedo a la boca— No voy a llorar, nunca jamás, aunque me corte o me de el ataque. Prefiero desangrarme a llorar —decía, emulando los consejos de su padre.
El sonido de un claxon hizo que Andrés se acercara a la ventana. Era su padre que llegaba con su coche a toda prisa.
—¿Qué pasa ahora? ¿Y qué hace papá en casa tan pronto? —se preguntaba.
El hombre dejó el coche de cualquier manera con las llaves puestas en el contacto. Miró hacia arriba y le esgrimió una hoja de papel a modo de bandera mientras gritaba su nombre.
Lucas el padre de Andrés penetró en el interior de la casa y subió las escaleras a toda prisa hasta llegar a la habitación del niño. Entró y sin decirle nada, con el papel en la mano, se arrodilló ante su hijo, lo abrazó y lo estrujó contra su pecho a la vez que prorrumpía en un llanto lastimero e inconsolable. Andrés no comprendía por qué su padre, le abrazaba, le cubría de besos y no cesaba de llorar cuando su padre, jamás de los jamases, había vertido una sola lágrima, ni siquiera el día que los médicos les dijeron que su enfermedad podía… —sacudió la cabeza— mejor olvidarlo.
—Papa, los hombres no lloran…, me dijiste —reprochaba Andrés—. Sólo se desangran. Aunque nunca he entendido que significa eso.
—Lo se hijo, lo se pero yo lloro de alegría, no de tristeza —respondía el padre hipando frenéticamente.
—¿Que diferencia hay? Llorar…, es llorar.
Su padre se rehizo un poco, y así de rodillas ante él lo tomó por los hombros.
—Cuando un hombre ya se ha desangrado por completo, sin verter una sola lágrima, ya no le queda nada que derramar —Andrés le contemplaba atónito, sin entender—. Sin embargo, cuando te envuelve la alegría, una alegría que eclipsa los momentos más tristes de tu vida, sin quererlo, sin pretenderlo, los hombres, a veces lloran… Tenemos un donante compatible hijo. Pronto te curarás —soltó a bocajarro.
—¿De verdad papa? —Inquirió el pequeño Andrés con unos ojos como platos.
—De verdad hijo —asentía el hombre mientras se mocaba con un pañuelo
—¿Lo sabe mama?
—Viene para aquí. Vamos a celebrarlo hijo, por todo lo alto.
Andrés se quedó serio, con la mirada perdida en el marco roto y en su dedito, del que manaba un hilo de sangre. Miró el rostro de su padre marcado por el llanto y le sobrevinieron tantos y tantos momentos de dolor, tantos y tantos momentos de soledad, de tristeza de espera…, y de repente empezó a enfurecerse y a darle puñetazos a su padre en el pecho y patadas sin parar, de forma frenética. Su padre lo cogió por las muñecas e intentó calmarlo.
—Hijo, pero, ¿qué te sucede?
—Yo…—gimoteaba.
—¿Si?
—Yo, no soy ningún valiente. Yo… yo he llorado de tristeza, sin que nadie me oyera. Perdóname papá —reconocía a su padre entre pucheros.
—¿Que te perdone?
—Si perdóname papá, por haber llorado cuando nadie me veía, aquí solo, en mi cuarto. Me ponía una almohada en la boca para que no me escucharais y daba volumen a la tele… Lo siento papa He llorado solo, solo papá, sin que nada ni nadie me consolara. Me he tragado todos los mocos, tantos que pensé que moriría, me he sentido solo, sin consuelo, por el hecho de hacerte caso, de ser fuerte, de ser valiente, y ahora tú…, tú, cuando hay motivo de alegría, lloras como mamá.
—Hijo, perdóname tú a mí, porque he estado ciego y solo he visto mi pena por tu posible pérdida. He sido un egoísta, al no entender la tuya, al coartarte la espontaneidad de tus sentimientos y que te mostraras ante mí, desnudo con todo tu dolor…. Dices que te perdone ¿Cómo quieres que perdone…, tu valor? Los niños no lloran, son los hombres quienes si lo hacen aunque se desangren, y tú, tú eres un hombre y ya has llorado demasiado en soledad. Todos hemos llorado demasiado, encerrados en nosotros mismos, sin entender, que al igual que la alegría, la tristeza también hay que compartirla y que poco importa ser frágil, mostrar debilidad ante quienes te quieren. ¡Basta de esconder nuestros sentimientos! De intentar parecer fuertes, cuando solo somos hombres, débiles hombres tocados por la angustia, por la enorme pena que es… tu desgraciada enfermedad. Perdóname, hijo, por estar ciego, por no entender…
Lucas volvió a abrazar a su hijo, su cabeza encontró refugio entre su pecho. Noto su estremecimiento, su dolor, su angustia, su soledad, su pena, su infinito padecimiento, su alegría y su valor, su extraordinario valor. Había aprendido una lección de su hijo, acosta de su dolor, de su soledad, una sencilla lección que jamás olvidaría; todos, en algún momento, lloramos y nuestros lloros, deben ser compartidos, si ya es amargo de por sí llorar, en soledad resulta inhumano. Los hombres, cualquiera que se precie de serlo, debe dar rienda suelta a sus sentimientos, sin cortapisas, cada uno de nosotros debemos ser, nosotros mismos.
martes, 18 de marzo de 2008
LA SENDA
LA SENDA
Porque la felicidad…, también duele
El hombre andaba encorvado, se apoyaba en un grueso garrote. Se detuvo extenuado por la larga caminata, dejó su pesada mochila en el borde del camino y tomó asiento sobre una enorme roca. El sendero estaba desierto y ya anochecía, pero sólo para él.
Se sacó el sombrero de la cabeza, y con un mugriento pañuelo se secó las gotas de sudor que perlaban su frente. Era un anciano, tenía el cabello plateado y mil arrugas surcaban su agrietada piel. Miró al cielo mientras una lágrima resbalaba por sus mejillas. Se apresuró a secársela, no permitiría que nadie, si pasaba por allí, le viera llorando. Pero el camino continuaba desierto, su camino.
Abrió la enorme mochila y extrajo varios objetos con sus temblorosas y nervudas manos repletas de mil y un cayos, simplemente los contempló en silencio durante un largo instante tragando saliva con dificultad. Los acarició con inusitada ternura regocijándose en su contemplación «aquel momento era sólo suyo», y finalmente, antes de volver a introducirlos en la abultada escarcela, les dio un beso suave, largo y profundo cargado de infinita bondad y entrañable cariño a todos y cada uno de ellos. No pudo evitar que nuevas lágrimas rebeldes, resbalaran por su quebrada cara. En esta ocasión con los ojos vidriosos y una enorme tenaza en la garganta, dejó que siguieran los múltiples surcos de su rostro, y resbalaran desde su cara hacia su barbilla…, hasta mojar la tierra, encharcada por el sudor y las lágrimas derramadas a lo largo de su periplo.
Un hombre joven, caminaba erguido, paralelo al camino del anciano. Llevaba un pequeño zurrón, cuando llegó a la altura del longevo hombre ladeó la cabeza y le saludó cortésmente, sonriente, con un leve movimiento de cabeza, mientras se llevaba su mano derecha al ala de su sombrero. El anciano alzó la mano temblorosa y le devolvió el saludo, también sonriente. En su lado del camino era de día y lucía el sol. El hombre caminaba dando grandes zancadas, como si tuviera prisa en llegar a algún lugar, pero todos los caminos, iban al mismo sitio. El anciano de cabellos plateados, no entendía la prisa de aquel joven, bueno…, si que la entendía.
No habían transcurrido cinco minutos, cuando pasaron cerca de su camino unos adolescentes. «¡Cielos!, exclamó para sus adentros, recordando viejos tiempos». Iban corriendo como galgos. Pronto alcanzarían al joven que acababa de pasar, claro, ellos apenas llevaban peso alguno, tan sólo una bolsita del tamaño de una caja de cerillas, unida a sus cuellos por fuertes cordones de cuero, nada que les estorbase. Pasaron como una exhalación gritando y chillando alborotados, apenas se fijaron en él, y si lo hicieron ni siquiera le saludaron. El anciano se encogió de hombros sonriendo pero cargado de nostalgia, puso las manos en su boca a modo de bocina y les gritó con energía.
—Por mucho que corráis, yo llegaré antes —El hombre bajó la cabeza, no entendía por qué les había gritado aquella tontería.
Uno de los adolescentes se detuvo un instante, se volvió hacia el anciano y le dijo con cara de burla:
—¡Viejo!, eso es porque tu camino, es más corto que el nuestro —El adolescente lo miró de hito en hito, para añadir—: Pero si prácticamente ya has llegado a tu meta, estás en las últimas, viejo.
—Así es —asintió con voz cansada—. Yo, ya casi he llegado —El hombre desvió la mirada hacia su horizonte y sonrió con amargura, provocando que las arrugas de su frente se pronunciaran más allá de simples surcos—. Sin embargo vosotros, tenéis un largo trecho que recorrer.
—Por eso corremos viejo. —replicó el joven con insolencia—Además, con esa mochila a cuestas —señalaba con el mentón la escarcela del hombre—, no me extraña que estés ahí sentado, descansando. ¿No podrías deshacerte de parte de lo que llevas? —Le interpeló el imberbe adolescente— Lo poco que te queda por recorrer, se te haría más liviano.
El anciano frunció el ceño, era incomprensible que un mozalbete se preocupara por él, y menos aún que se atreviera a darle consejos.
—No muchacho —negó el anciano reiteradamente con lentos movimientos de su cabeza—. Eso no es posible —El muchacho le miró con extrañeza, no podía entender que un hombre tan anciano llevara aquella pesada mochila, y no quisiera deshacerse de su contenido para aliviarle el duro camino que todavía le quedaba por recorrer, por muy corto que este fuera—. Veo que no lo entiendes hijo, no importa, todos aprendemos.
—He de continuar —replicó mirando de reojo al resto de sus compañeros, que ya le llevaban una buena ventaja.
—Lo se, que tengas buen viaje, y cuidado con tu camino —advertía al adolescente—, es muy traicionero. En ocasiones se presentan obstáculos difíciles de ver —el muchacho miró al cielo y cerró los ojos heridos por los rayos del astro rey. El sol brillaba con fuerza, estaba en todo lo alto y su luz inundaba su camino. Oteó el horizonte y apareció llano y tranquilo, sin curvas, sin pendientes, sin piedras que entorpecieran su paso, sin paredes ni abismos peligrosos. Estaba limpio de cualquier obstáculo, como si navegara por una balsa de aceite, miró hacia el otro lado, hacia el camino del anciano, se había hecho de noche.
—Bueno abuelo —trató con más dulzura—, he de irme.
El muchacho giro grupas y empezó a correr es pos de sus amigos, gritándoles para que le esperaran.
El hombre apoyó las manos en sus rodillas y tomó impulso, a la segunda intentona, logró levantarse de la piedra que tan bien le había servido para su descanso. Agarró la mochila y con un enorme esfuerzo logró ponérsela a la espalda. En su soledad, lanzó una exclamación de dolor, tenía la espalda y los riñones destrozados, pero aguantó con estoicismo la pesada carga, era suya, su carga, el garrote que sostenía en su mano derecha, le ayudaba a andar.
Sus pasos eran cortos y torpes, provocados por la edad y por el enorme peso que soportaba en sus espinazos, pero a la vez, enérgicos y decididos, decididos por llegar al final de su andadura…, ya quedaba poco, prácticamente casi nada.
El cielo estaba estrellado. Mientras caminaba desviaba la mirada hacia las miles de estrellas que iluminaban su senda. En uno de los caminos paralelos vio a un muchacho de corta edad, como era normal iba corriendo, lanzando gritos de alegría con su cajita de cerillas colgada del cuello. De improviso el muchacho se paró de golpe y miró hacia el cielo. El sol de su senda acababa de desaparecer detrás de unos enormes nubarrones. Los rayos y los truenos hicieron acto de presencia, mientras un enorme chaparrón inundó la vía en cuestión de segundos, convirtiéndolo en un fuerte torrente. El día del muchacho, que hasta hacía apenas un segundo era magnífico e iluminado, se transformó en noche cerrada en un abrir y cerrar de ojos. El muchacho, sin saber que ocurría, buscaba con la mirada a alguien que pudiera socorrerle, que le explicara qué estaba sucediendo, hasta que se encontró con los ojos del anciano. El muchacho se tendió en el suelo, llorando desconsolado.
El abuelo se le acercó y se sentó a su lado, en el borde de su senda.
—Hola —saludaba con una enorme sonrisa, apoyando las manos en sus rodillas.
—¿Qué, qué está sucediendo? —preguntó gimoteando el chaval.
—¿Es que no lo sabes? —«estúpida pregunta, claro que no lo sabe. Cada día eres más viejo, si un viejo senil» pensaba manteniendo la sonrisa al muchacho.
—No —negó el jovenzuelo.
—Tu camino, hijo, tu camino se ha acabado.
—¿Tan pronto? Precisamente ahora, que empezaba a divertirme.
—Eso, suele suceder, hijo.
—Pero es que yo, yo quería seguir jugando —El hombre cerró los ojos. Resultaba injusto, si, pero él no podía hacer nada.
—Nadie elige su camino, hijo. Hay caminos largos y rectos, otros cortos y angostos, el tuyo ha sido realmente corto —se lamentaba el anciano de la suerte del chico.
—¿Y ahora? —volvió a preguntar al anciano, a la vez que se limpiaba los mocos con el extremo de su camiseta.
—Te toca esperar, creo. Pronto vendrá tu familia para despedirte. Yo me quedaré a tu lado hasta que ellos vengan —el niño negó con movimientos bruscos de su cabeza.
—No vendrá nadie.
—¿No? —se sorprendió el anciano.
—Mi padre, hace años que tomó un camino, muy distinto del mío. Se separó y nunca se han vuelto a cruzar.
—Ya… ¿Y tu madre, pequeño? —Le inquirió con infinita ternura.
—¿Mi madre? —El niño suspiró y guardó un largo silencio antes de responder—. Mi pobre madre se apeó del suyo después de que mi padre se alejara del nuestro…, una agotadora enfermedad.
—Entiendo, entiendo. Bueno muchacho, pero seguro que alguien vendrá a por ti.
—Señor —dijo el crío, señalando con su índice una nueva herida en la frente del anciano. El anciano se llevó instintivamente la mano a la frente y enseguida notó sus dedos húmedos, manchados por la sangre que salía de su nueva herida.
—¿Esto? —preguntó con una sonrisa cargada de dolor. El muchacho asintió—. No te preocupes, esto, esto es por ti.
—Sangra mucho, señor y lamento, lamento mucho haberle herido.
—No debes preocuparte hijo. Tú eres la causa, si, pero no el culpable, además…, pronto cicatrizará —resto importancia.
—¿Es cierto eso, señor? ¿Pronto cicatrizará? —El hombre respiró hondo. ¿Qué podía decirle a aquel muchacho. «La verdad, dile la verdad viejo estúpido, aunque no la entienda».
—Bien, no siempre es así, desde luego que no —decía intentando acomodarse—. Muchas, sangran toda la vida, casi eternamente —volvió a sonreír con aquél gesto de infinito dolor—, no hay manera de cerrarlas. Pero se puede vivir con ellas, yo lo he hecho, y antes que yo, tantos y tantos otros…
Alzó la vista y el muchacho le acompañó con la mirada. Una luz blanca se posaba sobre el muchacho, incitándole a entrar en ella.
—Vienen a por ti —le dijo el anciano.
—Si —asintió convencido—. Lo sé. Tenga —el muchacho se sacó la cajita de su cuello y se la dio al anciano. El viejo no dijo nada, cerró los ojos agradecido por el detalle, abrió la mochila e introdujo la cajita en su interior. Ahora su mochila pesaría mucho, mucho más ¿y qué mas daba? Él era así, su vida era así, le tocaba soportar, era fácil. Después de tantas desgracias, uno logra acostumbrarse «¿Por qué te mientes»
El camino, la luz y el muchacho, desaparecieron, como si nunca hubieran existido, únicamente quedaba el recuerdo de sus recuerdos, guardados con sumo celo por el anciano en su mochila, que cargaba a sus espaldas.
Miró su reloj y pensó «ya queda poco»
Reanudó su cansina marcha, prácticamente a oscuras. Hacia un buen rato, casi una eternidad que caminaba solo sin ver una triste alma. Así era como realmente se sentía, solo.
La noche era oscura. Unos nubarrones tapaban las estrellas, que hasta hacia un instante brillaban con fuerza allá en lo alto de la cúpula celeste. Desgraciadamente, no vio la piedra que tenía delante, tropezó con ella y dio un traspiés y el anciano cayó de bruces sobre la tierra mojada. «Maldita piedra», murmuró entre dientes. Eran sus últimos pasos, pero nadie pasaba para ayudarle. Intentó levantarse, pero el enorme peso de la mochila se lo impidió. Miro hacia arriba, con los ojos cubiertos por las lágrimas, el final de su camino estaba allí, delante suyo. Sólo unos metros más y habría llegado. «Vamos, vamos viejo —se infundía ánimos—, un último esfuerzo».
Igual que cuando empezó a caminar, utilizó las manos para reptar por la oscura y angosta senda, convertida ahora en un enorme lodazal. El anciano se arrastraba lentamente por el lodo del camino, primero estiraba la mano derecha y se impulsaba con el pie, luego la izquierda y así sucesivamente. A cada movimiento, su cara se transfiguraba y su garganta emitía un lamento angustioso. Pero por fin, pudo llegar a su meta. Todo estaba oscuro. Cerró los ojos, por fin podría descansar, había llegado.
Alguien le zarandeó, abrió los ojos y vio a su hijo, envuelto en una luz blanca. Si su hijo, aquel que cayó por el abismo de su camino con apenas diez años —un coche se cruzó y el chaval no pudo esquivarlo a tiempo—. A su mujer, que abandonó su senda debido a un cáncer. A su hermano, que cansado de continuar su ruta con su mochila a la espalda, se refugió tras un infarto. A su amigo, aquel de la larga melena, un borracho le agujereo el corazón con un cuchillo. A sus padres, los pobres aguantaron mucho, pero su mochila pesaba demasiado y abandonaron el camino. A sus muchos amigos, a tantos y tantos seres queridos, que de una manera u otra, le abandonaron para su desgracia, muchos de ellos antes de tiempo, de ahí sus cicatrices, de ahí sus muchas heridas sangrantes, de ahí su voluminosa mochila. Contempló su escarcela, aquella enorme carga, repleta de recuerdos. El anciano, permaneció sentado. Tomó su mochila y la abrió…, por última vez.
Comenzó a extraer objetos de ella, a medida que sacaba un objeto, éste desaparecía milagrosamente de entre sus manos y en su lugar, un ser querido, aparecía sonriente, feliz, envuelto en aquella asombrosa luz, resultaba maravilloso, mágico.
El anciano cerró los ojos, ya no estaba cansado, se sentía fuerte. Atrás quedaba su pesada mochila, así que por fin…, pudo llorar, abiertamente, sin tapujos, sin tener que contener su agonía, con aquel llanto, primero mudo, después…, desgarrado, lleno de perdurable, infinita felicidad por el reencuentro con los suyos. Si, el anciano lloró sin parar, como nunca antes lo había hecho, porque la felicidad…, también duele.
Porque la felicidad…, también duele
El hombre andaba encorvado, se apoyaba en un grueso garrote. Se detuvo extenuado por la larga caminata, dejó su pesada mochila en el borde del camino y tomó asiento sobre una enorme roca. El sendero estaba desierto y ya anochecía, pero sólo para él.
Se sacó el sombrero de la cabeza, y con un mugriento pañuelo se secó las gotas de sudor que perlaban su frente. Era un anciano, tenía el cabello plateado y mil arrugas surcaban su agrietada piel. Miró al cielo mientras una lágrima resbalaba por sus mejillas. Se apresuró a secársela, no permitiría que nadie, si pasaba por allí, le viera llorando. Pero el camino continuaba desierto, su camino.
Abrió la enorme mochila y extrajo varios objetos con sus temblorosas y nervudas manos repletas de mil y un cayos, simplemente los contempló en silencio durante un largo instante tragando saliva con dificultad. Los acarició con inusitada ternura regocijándose en su contemplación «aquel momento era sólo suyo», y finalmente, antes de volver a introducirlos en la abultada escarcela, les dio un beso suave, largo y profundo cargado de infinita bondad y entrañable cariño a todos y cada uno de ellos. No pudo evitar que nuevas lágrimas rebeldes, resbalaran por su quebrada cara. En esta ocasión con los ojos vidriosos y una enorme tenaza en la garganta, dejó que siguieran los múltiples surcos de su rostro, y resbalaran desde su cara hacia su barbilla…, hasta mojar la tierra, encharcada por el sudor y las lágrimas derramadas a lo largo de su periplo.
Un hombre joven, caminaba erguido, paralelo al camino del anciano. Llevaba un pequeño zurrón, cuando llegó a la altura del longevo hombre ladeó la cabeza y le saludó cortésmente, sonriente, con un leve movimiento de cabeza, mientras se llevaba su mano derecha al ala de su sombrero. El anciano alzó la mano temblorosa y le devolvió el saludo, también sonriente. En su lado del camino era de día y lucía el sol. El hombre caminaba dando grandes zancadas, como si tuviera prisa en llegar a algún lugar, pero todos los caminos, iban al mismo sitio. El anciano de cabellos plateados, no entendía la prisa de aquel joven, bueno…, si que la entendía.
No habían transcurrido cinco minutos, cuando pasaron cerca de su camino unos adolescentes. «¡Cielos!, exclamó para sus adentros, recordando viejos tiempos». Iban corriendo como galgos. Pronto alcanzarían al joven que acababa de pasar, claro, ellos apenas llevaban peso alguno, tan sólo una bolsita del tamaño de una caja de cerillas, unida a sus cuellos por fuertes cordones de cuero, nada que les estorbase. Pasaron como una exhalación gritando y chillando alborotados, apenas se fijaron en él, y si lo hicieron ni siquiera le saludaron. El anciano se encogió de hombros sonriendo pero cargado de nostalgia, puso las manos en su boca a modo de bocina y les gritó con energía.
—Por mucho que corráis, yo llegaré antes —El hombre bajó la cabeza, no entendía por qué les había gritado aquella tontería.
Uno de los adolescentes se detuvo un instante, se volvió hacia el anciano y le dijo con cara de burla:
—¡Viejo!, eso es porque tu camino, es más corto que el nuestro —El adolescente lo miró de hito en hito, para añadir—: Pero si prácticamente ya has llegado a tu meta, estás en las últimas, viejo.
—Así es —asintió con voz cansada—. Yo, ya casi he llegado —El hombre desvió la mirada hacia su horizonte y sonrió con amargura, provocando que las arrugas de su frente se pronunciaran más allá de simples surcos—. Sin embargo vosotros, tenéis un largo trecho que recorrer.
—Por eso corremos viejo. —replicó el joven con insolencia—Además, con esa mochila a cuestas —señalaba con el mentón la escarcela del hombre—, no me extraña que estés ahí sentado, descansando. ¿No podrías deshacerte de parte de lo que llevas? —Le interpeló el imberbe adolescente— Lo poco que te queda por recorrer, se te haría más liviano.
El anciano frunció el ceño, era incomprensible que un mozalbete se preocupara por él, y menos aún que se atreviera a darle consejos.
—No muchacho —negó el anciano reiteradamente con lentos movimientos de su cabeza—. Eso no es posible —El muchacho le miró con extrañeza, no podía entender que un hombre tan anciano llevara aquella pesada mochila, y no quisiera deshacerse de su contenido para aliviarle el duro camino que todavía le quedaba por recorrer, por muy corto que este fuera—. Veo que no lo entiendes hijo, no importa, todos aprendemos.
—He de continuar —replicó mirando de reojo al resto de sus compañeros, que ya le llevaban una buena ventaja.
—Lo se, que tengas buen viaje, y cuidado con tu camino —advertía al adolescente—, es muy traicionero. En ocasiones se presentan obstáculos difíciles de ver —el muchacho miró al cielo y cerró los ojos heridos por los rayos del astro rey. El sol brillaba con fuerza, estaba en todo lo alto y su luz inundaba su camino. Oteó el horizonte y apareció llano y tranquilo, sin curvas, sin pendientes, sin piedras que entorpecieran su paso, sin paredes ni abismos peligrosos. Estaba limpio de cualquier obstáculo, como si navegara por una balsa de aceite, miró hacia el otro lado, hacia el camino del anciano, se había hecho de noche.
—Bueno abuelo —trató con más dulzura—, he de irme.
El muchacho giro grupas y empezó a correr es pos de sus amigos, gritándoles para que le esperaran.
El hombre apoyó las manos en sus rodillas y tomó impulso, a la segunda intentona, logró levantarse de la piedra que tan bien le había servido para su descanso. Agarró la mochila y con un enorme esfuerzo logró ponérsela a la espalda. En su soledad, lanzó una exclamación de dolor, tenía la espalda y los riñones destrozados, pero aguantó con estoicismo la pesada carga, era suya, su carga, el garrote que sostenía en su mano derecha, le ayudaba a andar.
Sus pasos eran cortos y torpes, provocados por la edad y por el enorme peso que soportaba en sus espinazos, pero a la vez, enérgicos y decididos, decididos por llegar al final de su andadura…, ya quedaba poco, prácticamente casi nada.
El cielo estaba estrellado. Mientras caminaba desviaba la mirada hacia las miles de estrellas que iluminaban su senda. En uno de los caminos paralelos vio a un muchacho de corta edad, como era normal iba corriendo, lanzando gritos de alegría con su cajita de cerillas colgada del cuello. De improviso el muchacho se paró de golpe y miró hacia el cielo. El sol de su senda acababa de desaparecer detrás de unos enormes nubarrones. Los rayos y los truenos hicieron acto de presencia, mientras un enorme chaparrón inundó la vía en cuestión de segundos, convirtiéndolo en un fuerte torrente. El día del muchacho, que hasta hacía apenas un segundo era magnífico e iluminado, se transformó en noche cerrada en un abrir y cerrar de ojos. El muchacho, sin saber que ocurría, buscaba con la mirada a alguien que pudiera socorrerle, que le explicara qué estaba sucediendo, hasta que se encontró con los ojos del anciano. El muchacho se tendió en el suelo, llorando desconsolado.
El abuelo se le acercó y se sentó a su lado, en el borde de su senda.
—Hola —saludaba con una enorme sonrisa, apoyando las manos en sus rodillas.
—¿Qué, qué está sucediendo? —preguntó gimoteando el chaval.
—¿Es que no lo sabes? —«estúpida pregunta, claro que no lo sabe. Cada día eres más viejo, si un viejo senil» pensaba manteniendo la sonrisa al muchacho.
—No —negó el jovenzuelo.
—Tu camino, hijo, tu camino se ha acabado.
—¿Tan pronto? Precisamente ahora, que empezaba a divertirme.
—Eso, suele suceder, hijo.
—Pero es que yo, yo quería seguir jugando —El hombre cerró los ojos. Resultaba injusto, si, pero él no podía hacer nada.
—Nadie elige su camino, hijo. Hay caminos largos y rectos, otros cortos y angostos, el tuyo ha sido realmente corto —se lamentaba el anciano de la suerte del chico.
—¿Y ahora? —volvió a preguntar al anciano, a la vez que se limpiaba los mocos con el extremo de su camiseta.
—Te toca esperar, creo. Pronto vendrá tu familia para despedirte. Yo me quedaré a tu lado hasta que ellos vengan —el niño negó con movimientos bruscos de su cabeza.
—No vendrá nadie.
—¿No? —se sorprendió el anciano.
—Mi padre, hace años que tomó un camino, muy distinto del mío. Se separó y nunca se han vuelto a cruzar.
—Ya… ¿Y tu madre, pequeño? —Le inquirió con infinita ternura.
—¿Mi madre? —El niño suspiró y guardó un largo silencio antes de responder—. Mi pobre madre se apeó del suyo después de que mi padre se alejara del nuestro…, una agotadora enfermedad.
—Entiendo, entiendo. Bueno muchacho, pero seguro que alguien vendrá a por ti.
—Señor —dijo el crío, señalando con su índice una nueva herida en la frente del anciano. El anciano se llevó instintivamente la mano a la frente y enseguida notó sus dedos húmedos, manchados por la sangre que salía de su nueva herida.
—¿Esto? —preguntó con una sonrisa cargada de dolor. El muchacho asintió—. No te preocupes, esto, esto es por ti.
—Sangra mucho, señor y lamento, lamento mucho haberle herido.
—No debes preocuparte hijo. Tú eres la causa, si, pero no el culpable, además…, pronto cicatrizará —resto importancia.
—¿Es cierto eso, señor? ¿Pronto cicatrizará? —El hombre respiró hondo. ¿Qué podía decirle a aquel muchacho. «La verdad, dile la verdad viejo estúpido, aunque no la entienda».
—Bien, no siempre es así, desde luego que no —decía intentando acomodarse—. Muchas, sangran toda la vida, casi eternamente —volvió a sonreír con aquél gesto de infinito dolor—, no hay manera de cerrarlas. Pero se puede vivir con ellas, yo lo he hecho, y antes que yo, tantos y tantos otros…
Alzó la vista y el muchacho le acompañó con la mirada. Una luz blanca se posaba sobre el muchacho, incitándole a entrar en ella.
—Vienen a por ti —le dijo el anciano.
—Si —asintió convencido—. Lo sé. Tenga —el muchacho se sacó la cajita de su cuello y se la dio al anciano. El viejo no dijo nada, cerró los ojos agradecido por el detalle, abrió la mochila e introdujo la cajita en su interior. Ahora su mochila pesaría mucho, mucho más ¿y qué mas daba? Él era así, su vida era así, le tocaba soportar, era fácil. Después de tantas desgracias, uno logra acostumbrarse «¿Por qué te mientes»
El camino, la luz y el muchacho, desaparecieron, como si nunca hubieran existido, únicamente quedaba el recuerdo de sus recuerdos, guardados con sumo celo por el anciano en su mochila, que cargaba a sus espaldas.
Miró su reloj y pensó «ya queda poco»
Reanudó su cansina marcha, prácticamente a oscuras. Hacia un buen rato, casi una eternidad que caminaba solo sin ver una triste alma. Así era como realmente se sentía, solo.
La noche era oscura. Unos nubarrones tapaban las estrellas, que hasta hacia un instante brillaban con fuerza allá en lo alto de la cúpula celeste. Desgraciadamente, no vio la piedra que tenía delante, tropezó con ella y dio un traspiés y el anciano cayó de bruces sobre la tierra mojada. «Maldita piedra», murmuró entre dientes. Eran sus últimos pasos, pero nadie pasaba para ayudarle. Intentó levantarse, pero el enorme peso de la mochila se lo impidió. Miro hacia arriba, con los ojos cubiertos por las lágrimas, el final de su camino estaba allí, delante suyo. Sólo unos metros más y habría llegado. «Vamos, vamos viejo —se infundía ánimos—, un último esfuerzo».
Igual que cuando empezó a caminar, utilizó las manos para reptar por la oscura y angosta senda, convertida ahora en un enorme lodazal. El anciano se arrastraba lentamente por el lodo del camino, primero estiraba la mano derecha y se impulsaba con el pie, luego la izquierda y así sucesivamente. A cada movimiento, su cara se transfiguraba y su garganta emitía un lamento angustioso. Pero por fin, pudo llegar a su meta. Todo estaba oscuro. Cerró los ojos, por fin podría descansar, había llegado.
Alguien le zarandeó, abrió los ojos y vio a su hijo, envuelto en una luz blanca. Si su hijo, aquel que cayó por el abismo de su camino con apenas diez años —un coche se cruzó y el chaval no pudo esquivarlo a tiempo—. A su mujer, que abandonó su senda debido a un cáncer. A su hermano, que cansado de continuar su ruta con su mochila a la espalda, se refugió tras un infarto. A su amigo, aquel de la larga melena, un borracho le agujereo el corazón con un cuchillo. A sus padres, los pobres aguantaron mucho, pero su mochila pesaba demasiado y abandonaron el camino. A sus muchos amigos, a tantos y tantos seres queridos, que de una manera u otra, le abandonaron para su desgracia, muchos de ellos antes de tiempo, de ahí sus cicatrices, de ahí sus muchas heridas sangrantes, de ahí su voluminosa mochila. Contempló su escarcela, aquella enorme carga, repleta de recuerdos. El anciano, permaneció sentado. Tomó su mochila y la abrió…, por última vez.
Comenzó a extraer objetos de ella, a medida que sacaba un objeto, éste desaparecía milagrosamente de entre sus manos y en su lugar, un ser querido, aparecía sonriente, feliz, envuelto en aquella asombrosa luz, resultaba maravilloso, mágico.
El anciano cerró los ojos, ya no estaba cansado, se sentía fuerte. Atrás quedaba su pesada mochila, así que por fin…, pudo llorar, abiertamente, sin tapujos, sin tener que contener su agonía, con aquel llanto, primero mudo, después…, desgarrado, lleno de perdurable, infinita felicidad por el reencuentro con los suyos. Si, el anciano lloró sin parar, como nunca antes lo había hecho, porque la felicidad…, también duele.
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