martes, 18 de marzo de 2008

LA SENDA

LA SENDA
Porque la felicidad…, también duele

El hombre andaba encorvado, se apoyaba en un grueso garrote. Se detuvo extenuado por la larga caminata, dejó su pesada mochila en el borde del camino y tomó asiento sobre una enorme roca. El sendero estaba desierto y ya anochecía, pero sólo para él.
Se sacó el sombrero de la cabeza, y con un mugriento pañuelo se secó las gotas de sudor que perlaban su frente. Era un anciano, tenía el cabello plateado y mil arrugas surcaban su agrietada piel. Miró al cielo mientras una lágrima resbalaba por sus mejillas. Se apresuró a secársela, no permitiría que nadie, si pasaba por allí, le viera llorando. Pero el camino continuaba desierto, su camino.
Abrió la enorme mochila y extrajo varios objetos con sus temblorosas y nervudas manos repletas de mil y un cayos, simplemente los contempló en silencio durante un largo instante tragando saliva con dificultad. Los acarició con inusitada ternura regocijándose en su contemplación «aquel momento era sólo suyo», y finalmente, antes de volver a introducirlos en la abultada escarcela, les dio un beso suave, largo y profundo cargado de infinita bondad y entrañable cariño a todos y cada uno de ellos. No pudo evitar que nuevas lágrimas rebeldes, resbalaran por su quebrada cara. En esta ocasión con los ojos vidriosos y una enorme tenaza en la garganta, dejó que siguieran los múltiples surcos de su rostro, y resbalaran desde su cara hacia su barbilla…, hasta mojar la tierra, encharcada por el sudor y las lágrimas derramadas a lo largo de su periplo.
Un hombre joven, caminaba erguido, paralelo al camino del anciano. Llevaba un pequeño zurrón, cuando llegó a la altura del longevo hombre ladeó la cabeza y le saludó cortésmente, sonriente, con un leve movimiento de cabeza, mientras se llevaba su mano derecha al ala de su sombrero. El anciano alzó la mano temblorosa y le devolvió el saludo, también sonriente. En su lado del camino era de día y lucía el sol. El hombre caminaba dando grandes zancadas, como si tuviera prisa en llegar a algún lugar, pero todos los caminos, iban al mismo sitio. El anciano de cabellos plateados, no entendía la prisa de aquel joven, bueno…, si que la entendía.
No habían transcurrido cinco minutos, cuando pasaron cerca de su camino unos adolescentes. «¡Cielos!, exclamó para sus adentros, recordando viejos tiempos». Iban corriendo como galgos. Pronto alcanzarían al joven que acababa de pasar, claro, ellos apenas llevaban peso alguno, tan sólo una bolsita del tamaño de una caja de cerillas, unida a sus cuellos por fuertes cordones de cuero, nada que les estorbase. Pasaron como una exhalación gritando y chillando alborotados, apenas se fijaron en él, y si lo hicieron ni siquiera le saludaron. El anciano se encogió de hombros sonriendo pero cargado de nostalgia, puso las manos en su boca a modo de bocina y les gritó con energía.
—Por mucho que corráis, yo llegaré antes —El hombre bajó la cabeza, no entendía por qué les había gritado aquella tontería.
Uno de los adolescentes se detuvo un instante, se volvió hacia el anciano y le dijo con cara de burla:
—¡Viejo!, eso es porque tu camino, es más corto que el nuestro —El adolescente lo miró de hito en hito, para añadir—: Pero si prácticamente ya has llegado a tu meta, estás en las últimas, viejo.
—Así es —asintió con voz cansada—. Yo, ya casi he llegado —El hombre desvió la mirada hacia su horizonte y sonrió con amargura, provocando que las arrugas de su frente se pronunciaran más allá de simples surcos—. Sin embargo vosotros, tenéis un largo trecho que recorrer.
—Por eso corremos viejo. —replicó el joven con insolencia—Además, con esa mochila a cuestas —señalaba con el mentón la escarcela del hombre—, no me extraña que estés ahí sentado, descansando. ¿No podrías deshacerte de parte de lo que llevas? —Le interpeló el imberbe adolescente— Lo poco que te queda por recorrer, se te haría más liviano.
El anciano frunció el ceño, era incomprensible que un mozalbete se preocupara por él, y menos aún que se atreviera a darle consejos.
—No muchacho —negó el anciano reiteradamente con lentos movimientos de su cabeza—. Eso no es posible —El muchacho le miró con extrañeza, no podía entender que un hombre tan anciano llevara aquella pesada mochila, y no quisiera deshacerse de su contenido para aliviarle el duro camino que todavía le quedaba por recorrer, por muy corto que este fuera—. Veo que no lo entiendes hijo, no importa, todos aprendemos.
—He de continuar —replicó mirando de reojo al resto de sus compañeros, que ya le llevaban una buena ventaja.
—Lo se, que tengas buen viaje, y cuidado con tu camino —advertía al adolescente—, es muy traicionero. En ocasiones se presentan obstáculos difíciles de ver —el muchacho miró al cielo y cerró los ojos heridos por los rayos del astro rey. El sol brillaba con fuerza, estaba en todo lo alto y su luz inundaba su camino. Oteó el horizonte y apareció llano y tranquilo, sin curvas, sin pendientes, sin piedras que entorpecieran su paso, sin paredes ni abismos peligrosos. Estaba limpio de cualquier obstáculo, como si navegara por una balsa de aceite, miró hacia el otro lado, hacia el camino del anciano, se había hecho de noche.
—Bueno abuelo —trató con más dulzura—, he de irme.
El muchacho giro grupas y empezó a correr es pos de sus amigos, gritándoles para que le esperaran.
El hombre apoyó las manos en sus rodillas y tomó impulso, a la segunda intentona, logró levantarse de la piedra que tan bien le había servido para su descanso. Agarró la mochila y con un enorme esfuerzo logró ponérsela a la espalda. En su soledad, lanzó una exclamación de dolor, tenía la espalda y los riñones destrozados, pero aguantó con estoicismo la pesada carga, era suya, su carga, el garrote que sostenía en su mano derecha, le ayudaba a andar.
Sus pasos eran cortos y torpes, provocados por la edad y por el enorme peso que soportaba en sus espinazos, pero a la vez, enérgicos y decididos, decididos por llegar al final de su andadura…, ya quedaba poco, prácticamente casi nada.
El cielo estaba estrellado. Mientras caminaba desviaba la mirada hacia las miles de estrellas que iluminaban su senda. En uno de los caminos paralelos vio a un muchacho de corta edad, como era normal iba corriendo, lanzando gritos de alegría con su cajita de cerillas colgada del cuello. De improviso el muchacho se paró de golpe y miró hacia el cielo. El sol de su senda acababa de desaparecer detrás de unos enormes nubarrones. Los rayos y los truenos hicieron acto de presencia, mientras un enorme chaparrón inundó la vía en cuestión de segundos, convirtiéndolo en un fuerte torrente. El día del muchacho, que hasta hacía apenas un segundo era magnífico e iluminado, se transformó en noche cerrada en un abrir y cerrar de ojos. El muchacho, sin saber que ocurría, buscaba con la mirada a alguien que pudiera socorrerle, que le explicara qué estaba sucediendo, hasta que se encontró con los ojos del anciano. El muchacho se tendió en el suelo, llorando desconsolado.
El abuelo se le acercó y se sentó a su lado, en el borde de su senda.
—Hola —saludaba con una enorme sonrisa, apoyando las manos en sus rodillas.
—¿Qué, qué está sucediendo? —preguntó gimoteando el chaval.
—¿Es que no lo sabes? —«estúpida pregunta, claro que no lo sabe. Cada día eres más viejo, si un viejo senil» pensaba manteniendo la sonrisa al muchacho.
—No —negó el jovenzuelo.
—Tu camino, hijo, tu camino se ha acabado.
—¿Tan pronto? Precisamente ahora, que empezaba a divertirme.
—Eso, suele suceder, hijo.
—Pero es que yo, yo quería seguir jugando —El hombre cerró los ojos. Resultaba injusto, si, pero él no podía hacer nada.
—Nadie elige su camino, hijo. Hay caminos largos y rectos, otros cortos y angostos, el tuyo ha sido realmente corto —se lamentaba el anciano de la suerte del chico.
—¿Y ahora? —volvió a preguntar al anciano, a la vez que se limpiaba los mocos con el extremo de su camiseta.
—Te toca esperar, creo. Pronto vendrá tu familia para despedirte. Yo me quedaré a tu lado hasta que ellos vengan —el niño negó con movimientos bruscos de su cabeza.
—No vendrá nadie.
—¿No? —se sorprendió el anciano.
—Mi padre, hace años que tomó un camino, muy distinto del mío. Se separó y nunca se han vuelto a cruzar.
—Ya… ¿Y tu madre, pequeño? —Le inquirió con infinita ternura.
—¿Mi madre? —El niño suspiró y guardó un largo silencio antes de responder—. Mi pobre madre se apeó del suyo después de que mi padre se alejara del nuestro…, una agotadora enfermedad.
—Entiendo, entiendo. Bueno muchacho, pero seguro que alguien vendrá a por ti.
—Señor —dijo el crío, señalando con su índice una nueva herida en la frente del anciano. El anciano se llevó instintivamente la mano a la frente y enseguida notó sus dedos húmedos, manchados por la sangre que salía de su nueva herida.
—¿Esto? —preguntó con una sonrisa cargada de dolor. El muchacho asintió—. No te preocupes, esto, esto es por ti.
—Sangra mucho, señor y lamento, lamento mucho haberle herido.
—No debes preocuparte hijo. Tú eres la causa, si, pero no el culpable, además…, pronto cicatrizará —resto importancia.
—¿Es cierto eso, señor? ¿Pronto cicatrizará? —El hombre respiró hondo. ¿Qué podía decirle a aquel muchacho. «La verdad, dile la verdad viejo estúpido, aunque no la entienda».
—Bien, no siempre es así, desde luego que no —decía intentando acomodarse—. Muchas, sangran toda la vida, casi eternamente —volvió a sonreír con aquél gesto de infinito dolor—, no hay manera de cerrarlas. Pero se puede vivir con ellas, yo lo he hecho, y antes que yo, tantos y tantos otros…
Alzó la vista y el muchacho le acompañó con la mirada. Una luz blanca se posaba sobre el muchacho, incitándole a entrar en ella.
—Vienen a por ti —le dijo el anciano.
—Si —asintió convencido—. Lo sé. Tenga —el muchacho se sacó la cajita de su cuello y se la dio al anciano. El viejo no dijo nada, cerró los ojos agradecido por el detalle, abrió la mochila e introdujo la cajita en su interior. Ahora su mochila pesaría mucho, mucho más ¿y qué mas daba? Él era así, su vida era así, le tocaba soportar, era fácil. Después de tantas desgracias, uno logra acostumbrarse «¿Por qué te mientes»
El camino, la luz y el muchacho, desaparecieron, como si nunca hubieran existido, únicamente quedaba el recuerdo de sus recuerdos, guardados con sumo celo por el anciano en su mochila, que cargaba a sus espaldas.
Miró su reloj y pensó «ya queda poco»
Reanudó su cansina marcha, prácticamente a oscuras. Hacia un buen rato, casi una eternidad que caminaba solo sin ver una triste alma. Así era como realmente se sentía, solo.
La noche era oscura. Unos nubarrones tapaban las estrellas, que hasta hacia un instante brillaban con fuerza allá en lo alto de la cúpula celeste. Desgraciadamente, no vio la piedra que tenía delante, tropezó con ella y dio un traspiés y el anciano cayó de bruces sobre la tierra mojada. «Maldita piedra», murmuró entre dientes. Eran sus últimos pasos, pero nadie pasaba para ayudarle. Intentó levantarse, pero el enorme peso de la mochila se lo impidió. Miro hacia arriba, con los ojos cubiertos por las lágrimas, el final de su camino estaba allí, delante suyo. Sólo unos metros más y habría llegado. «Vamos, vamos viejo —se infundía ánimos—, un último esfuerzo».
Igual que cuando empezó a caminar, utilizó las manos para reptar por la oscura y angosta senda, convertida ahora en un enorme lodazal. El anciano se arrastraba lentamente por el lodo del camino, primero estiraba la mano derecha y se impulsaba con el pie, luego la izquierda y así sucesivamente. A cada movimiento, su cara se transfiguraba y su garganta emitía un lamento angustioso. Pero por fin, pudo llegar a su meta. Todo estaba oscuro. Cerró los ojos, por fin podría descansar, había llegado.
Alguien le zarandeó, abrió los ojos y vio a su hijo, envuelto en una luz blanca. Si su hijo, aquel que cayó por el abismo de su camino con apenas diez años —un coche se cruzó y el chaval no pudo esquivarlo a tiempo—. A su mujer, que abandonó su senda debido a un cáncer. A su hermano, que cansado de continuar su ruta con su mochila a la espalda, se refugió tras un infarto. A su amigo, aquel de la larga melena, un borracho le agujereo el corazón con un cuchillo. A sus padres, los pobres aguantaron mucho, pero su mochila pesaba demasiado y abandonaron el camino. A sus muchos amigos, a tantos y tantos seres queridos, que de una manera u otra, le abandonaron para su desgracia, muchos de ellos antes de tiempo, de ahí sus cicatrices, de ahí sus muchas heridas sangrantes, de ahí su voluminosa mochila. Contempló su escarcela, aquella enorme carga, repleta de recuerdos. El anciano, permaneció sentado. Tomó su mochila y la abrió…, por última vez.
Comenzó a extraer objetos de ella, a medida que sacaba un objeto, éste desaparecía milagrosamente de entre sus manos y en su lugar, un ser querido, aparecía sonriente, feliz, envuelto en aquella asombrosa luz, resultaba maravilloso, mágico.
El anciano cerró los ojos, ya no estaba cansado, se sentía fuerte. Atrás quedaba su pesada mochila, así que por fin…, pudo llorar, abiertamente, sin tapujos, sin tener que contener su agonía, con aquel llanto, primero mudo, después…, desgarrado, lleno de perdurable, infinita felicidad por el reencuentro con los suyos. Si, el anciano lloró sin parar, como nunca antes lo había hecho, porque la felicidad…, también duele.

4 comentarios:

Ana dijo...

Preciosa metáfora, para pensar.

Salgo de puntillas. Schsss. Ana

JorgeDiaz dijo...

Hola, Amando.
Interesante lugar. Poco a poco te vas consolidando como un extraordinario narrador. De a poco te leo. Iré comentando a medida que lea tus cuentos.
Un abrazo, hermano.
JD

Marilyn dijo...

Hola, Amando. Este cuento tuyo ya lo había leído en tu otro blog. Ahora me parece como si resurgiera, lleno de frescura y de hermosas palabras sabias. Tenemos mucho que aprender de tus cuentos.
Saludos y un abrazo.

Anónimo dijo...

Hola Amando..acabo de entrar al foro..acabo de teclear foros de literatura en google.
Me gusta mucho la poesia y me he encontrado con preciosos poemas tuyas.
En uno denotas fustracion por que tus palabras no seán compartidas ...algo que creo mereces.
Estás a millones de años luz de mi,soy una neofita en literatura,pero dejame decirte que me he fijado en que solo tus narraciones tienen comentarios..no será que la gente en general entiende y se identifica mejor con los relatos que los poemas?
Me ha resultado peculiar.
Ahora me voy por donde vine.. pero me voy con la agradable sensación de que a pesar de que tus poemas no seán publicados la vida me los ha dado esta tarde para que pueda disfrutarlos...millones de gracias Amando.