EN CARNE VIVA

Os lo advierto; a cualquiera que desee leer uno de mis relatos..., porque la realidad es cruel, más yo, no la he inventado, sólo, al igual que vosotros..., la sufro..., día a día. Cuando salgáis, dejar vuestro comentario sin hacer ruido, y en completo silencio.Esta'>http://i.creativecommons.org/l/by-nc-nd/2.5/es/88x31.png"/>
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jueves 5 de noviembre de 2009

El Sexto Sol




En las inmediaciones de Copán, ciudad situada en Honduras, el antropólogo y arqueólogo Alfred Taylor dirige una excavación arqueológica financiada por el filántropo parisino Estefen Wilde en la que descubren siete rocas con glifos mayas que la catedrática de Antropología del Louvre, Diana Preston, logra descifrar.
Mientras tanto, en diciembre de 2012, la NASA y sus satélites y el Centro de Operaciones de Experimentadores de París, bajo la dirección del astrofísico y cosmólogo John Friedman, constatan los descubrimientos astrológicos que ya predecían hace mas de cinco mil años los glifos de las rocas encontradas.
La trama de la novela se complica con la existencia de una sociedad secreta, llamada La Cruz Parlante, formada por antiguos sacerdotes mayas, que tiene, entre otras, la suprema tarea de custodiar las rocas.
Las predicciones son inequívocas, pues el calendario de la milenaria cultura maya finaliza abruptamente el 23 de diciembre de 2012. ¿Se enfrentan los personajes al fin del mundo o simplemente a un salto evolutivo de la humanidad? Para descubrirlo tendrán que atravesar el salón de los espejos y enfrentarse a sus propios miedos y valores.

domingo 7 de septiembre de 2008

FRUSTRACION DE ESCRITOR

Frustración que mi ánimo enreda
Al comprobar con desaliento
Que después de demostrar mi talento
Arrinconado mi escrito queda

Es la infinita e ingrata rueda
En la lucha negada del portento
¿Cuándo ha de llegar mi gran momento?
¿Será cuando mi genialidad pueda?

Así, día tras día, me desmorono
En la soledad de mi cuarto escribo
Papeles y papeles que arrincono

¿Será mi ritmo, triste, monótono?
O mi mal hacer que yo no percibo
De tanto sin sabor que amontono.

EN EL DESCONSUELO DE MI SOLEDAD

En el desconsuelo de mi soledad
A la vida aborrezco y maldigo
Porque con mi lucha solo consigo
Pequeños instantes de felicidad.

Que es paz, y amor lo que persigo
Nada, que este a mi alcance
Con ella mantengo un lance
Donde doy todo por perdido.

Claro olor, nauseabundo y podrido
De mentiras que envenenan
Donde vivir se torna condena
En una lucha eterna y sin sentido.

Que es desolador, batallar a sabiendas
Que de antemano, todo está perdido
Porque ganar, es bien sabido
Que la vida no da tregua, ni prebendas

A cada batalla que gano
Con titánico esfuerzo y bravura
Pierde ella, en valor y ternura
Y yo me torno más humano

Ella te enseña, y no en vano
En las cicatrices encuentras dulzura
Y en la experiencia, la mesura
Que solo abarca tu mano.

Y ahora, cansado de aborrecerte tanto
Vencido de entre el barro, me levanto
Que mañana volveré a caer
Y aunque me hagas padecer.
Nunca volverás a escuchar mi llanto.

Que en el desconsuelo de mi soledad
A la vida aborrezco y maldigo
Porque lo único que ansío
Siempre de mis manos escapa
Y ahora, envuelto en mi capa
Revestido de este coraje mío
Lucharé…, esfuerzo baldío

miércoles 16 de julio de 2008

SONETO SOLO

SOLO

De mil heridas, el corazón curtido.
Estriado, como tu frente arrugada.
De tu angustia, mil veces enterrada.
Por hallarte solo y desprotegido.

Ahora, ya anciano y desvalido.
Olvidado de cuantos dicen te aman.
Plagado de cosidos que no sanan.
Dejado por los tuyos al descuido.

Triste destino por ti encontrado.
Después de haberles ofrecido tanto.
Ahora te encuentras viejo y castrado.

¿De que sirve, el rostro arrugado?
¿Tus sacrificios, tu mísero llanto?
Si a la soledad, eres condenado.

martes 1 de julio de 2008

SONETO

Olvidar, pero olvidar no puedo
Ya que tu sonrisa mi mente toca.
Esa mirada limpia, esa boca,
Amargado de tu recuerdo quedo

Tú valentía, eclipsa mi credo
Y tú ausencia vacía mi copa.
Ya quedo seco, lágrimas pocas
Solo añoranzas y débil miedo.

De no volver jamás a recordarte
Y perderte de entre mi memoria.
Temer, que el tiempo haga olvidarte.

Por no aceptar la fingida historia.
Que representa tu temprana suerte.
Y quedar solo, preso de tu gloria

SONETO LA NADA



Templanza que la madurez concede.

Al contemplar tras de mí la nada.

Alzo la frente, el alma callada.

A donde voy, nadie seguirme puede.



Ando despacio, nada me precede.

Siento que llegó mi hora postrera.

Que entregué la vida entera.

Y mi alma a su descanso accede.



Y ahora, corriendo con gran brío.

A las puertas, mi mano se detiene.

¿Qué habrá tras su aspecto sombrío?



¿Qué será de mis terrenales bienes?

¿Será el descanso que tanto ansío?

¿Será la nada, lo que ahora viene?

miércoles 26 de marzo de 2008

LOS HOMBRES NO LLORAN

El pequeño Andrés extrajo con manos temblorosas el caramelo del bolsillo de su pijama, con gestos nerviosos y actitud ávida se lo puso en la boca casi sin desprenderlo del envoltorio, mientras su cara se contraía en un gesto de dolor. Chupó el caramelo de morfina con enorme ansia mientras se hiper ventilaba tal y como le habían enseñado, para mitigar los efectos del ataque que sufría. Apretó su diminuta mandíbula con fuerza y cerró los ojos, al hacerlo, las lágrimas resbalaron por sus mejillas…, otra vez aquel inhumano dolor.
Intentó levantarse de la silla para pedir ayuda a su hermano mayor, se había quedado en casa para cuidarle, pero el sufrimiento era superior a sus agotadas fuerzas. Sus débiles y escuálidas piernas apenas le aguantaron y cayó de bruces sobre el suelo enmoquetado de su dormitorio. En la caída, arrastró consigo la jarra de agua y la moqueta quedó empapada, al igual que él, mientras la gruesa tela amortiguaba el ruido de la jarra en su choque contra el suelo. Abrió la boca en un vano intento por gritar, pero resultó del todo imposible, el dolor le arremetía a oleadas intermitentes, cada una de ellas de mayor intensidad que la anterior. Se arrastró como pudo hasta alcanzar la mesita de noche, abrió uno de los cajones y con un increíble esfuerzo extrajo una jeringuilla, le sacó el tapón de plástico que cubría la aguja hipodérmica y con inusitado valor, impropio de sus nueve años, se la clavó en el muslo con un movimiento seco. La mantuvo clavada en su pierna unos segundos, mientras su diminuto pulgar presionaba la lengüeta de apoyo y hacía que el émbolo se desplazara, inoculando su contenido en su cuerpo. Se tendió sobre la moqueta, rendido por el esfuerzo agotador, con los ojos en blanco y la mente perdida en el techo de su habitación. Por suerte, la morfina rápidamente le otorgó una pequeña tregua.
A cuatro patas pudo llegar hasta la cama, con gran arresto, trepó por las sábanas y empapado como estaba, se recostó sobre el confortable colchón, cerró sus ojos y se dejó llevar por los recuerdos. Pronto aparecieron en su cabeza escenas de la última película que le había regalado su padre titulada «Ice Age», y una pícara sonrisa apareció en sus labios, rememorando las divertidas aventuras vividas por Mani y Sid con el bebé humano. El dolor parecía remitir y su respiración empezaba a cobrar la normalidad. Se reincorporó sobre su cama y desvió la vista hacia el despertador que descansaba sobre la mesita, su madre estaba trabajando y no volvería hasta las dos, la hora de comer, pero eso a él le era indiferente, únicamente quería que su madre le abrazara y descansar su cabecita en su pecho…, Andrés no podía ingerir alimentos sólidos y los líquidos, tampoco eran tolerados por su cuerpecito acribillado por la radioterapia, el suero era su único alimento.
Ya no iba a la escuela y sus amigos…, sus amigos parecían haberle olvidado, aunque pensándolo mejor, quizás la culpa era suya, apenas tenía ganas de chatear con ellos, bueno mas que ganas, las fuerzas le abandonaban apenas aporreadas tres teclas. Sus profesores le habían visitado en alguna ocasión, y le habían traído apuntes, para que no perdiera demasiado el ritmo de la clase, pero Andrés, no se encontraba con ánimos de repasar nada de nada. Siempre estaba solo…, con su dolor y con su llanto sordo…, mudo.
El recuerdo de sus amigos jugando en el patio entristeció su pequeño corazón, se sorbió los mocos y con la manga del pijama se limpió las lágrimas… «No lloraré, aunque me siga doliendo, no pienso hacerlo» se decía así mismo buscando el mando de la consola «Mi padre dice que los hombres no lloran, y tiene razón, solo se desangran, pero no lloran»
El mando de la consola le pillaba bastante lejos, tanto como un par de metros, pero ahora le resultaban inalcanzables. Se recostó en la cama y una nueva sonrisa volvió a dibujarse en su cara. Andrea, la chica de la primera fila de clase le llevaba de cabeza, aunque no se atrevía a decirle que le gustaba, ¿de cabeza? Se llevó las manos a su cráneo rapado, no pudo evitar unos pucheros recordando su melena... Todos en clase lo sabían, pero a él no le importaba, aunque se rieran, era su chica. Algún día reuniría las fuerzas suficientes para decírselo, o quizás ya no. Se encogió de hombros y expelió todo el aire de sus pulmones mientras intentaba serenarse y sobreponerse a sus recuerdos, a su llanto.
En aquel año y medio, azotado por la enfermedad, Andrés había madurado mucho. Razonaba como un adulto, y había asumido su enfermedad con total entereza, solo se derrumbaba en contadas ocasiones presionado por el intenso dolor y por los recuerdos de sus amigos. Lloraba en silencio sin quererlo, sin pretenderlo, porque él, él quería ser fuerte como su padre. Únicamente, cuando no había nadie presente como ahora, se le escapaba de su pecho, un angustioso llanto. No quería que su madre sufriera, la pobre, la pobre lloraba tanto. Siempre disimulando, aunque él se daba perfectamente cuenta del dolor que su estado infringía a su atormentada madre…
—No es nada Andresito, solo que me ha vuelto a entrar una pestaña en el ojo… Creo, creo que me he vuelto a resfriar, ¡claro con este tiempo!… No, si no me sacaré el resfriado de encima…Maldito rimel, ya me ha vuelto a entrar en el ojo…
«Lo sé mama, se lo que sufres, pero pronto todo acabará, ya verás» se infundía ánimos.
Se acercó con pasos lentos a su armario, y descolgó de una de las perchas, las prendas de su equipo de fútbol favorito. Andrés era un fan del «Barça» y su ídolo era Ronaldinho, su camiseta lucia su nombre con su número. Tomó del estante la pelota firmada por el as del balompié…, un día de Navidad en que fue a visitarle al hospital, Ronaldinho le regaló la pelota y se la firmó, era su mejor trofeo, su enorme tesoro junto con la fotografía que descansaba en su mesita. Le echó un vistazo, volvió a sonreír, esa pelota y la fotografía era la envidia de toda la clase.
—Ya se —dijo en voz alta— Si me pongo bueno, se la regalaré a Antonio, Antonio está loco por la pelota. La última vez me la quería cambiar por dos juegos de la play —Se llevó la mano a la cabeza, el dolor empezaba nuevamente... Antonio era su mejor amigo, pero hacía un mes que no venía a visitarle.
Vestido del «Barça» y con la pelota en las manos, volvió a tumbarse en la cama, aburrido, cansado por la situación y por su soledad mientras hacía inventario de sus pertenencias.
—La foto, la foto es para Oriol —se reafirmaba mientras continuaba hablando en voz alta— Y la play y todos mis juegos, para Marc —Marc era su hermano mayor y Oriol, su segundo mejor amigo. Marc al igual que Antonio, hacía un siglo que no venía a visitarle —Los pobres…, estarán con los exámenes, claro.
En la pared del fondo había un calendario, en rotulador amarillo Andrés había marcado los días de radioterapia y en verde, los días posibles de un transplante de médula.
Los doctores hacían todo lo posible, y sus padres también, sin embargo tanto su hermano como su padre, resultaban incompatibles con él, así que paciencia, se decía mirando el calendario, que se encontraba hasta final de año, limpio de marcas verdes, sin embargo sabía que se hallaba en lista de espera, así que todo era cuestión de tiempo. Esperar, esperar, esperar, tengo nueve años y estoy cansado de esperar.
Cuando sea mayor, quiero ser como papa —se decía con la pelota sobre su pecho—. Él siempre tan fuerte, nunca llora y yo, yo soy como mamá siempre con pucheros.
Tomo la pelota con rabia y le dio un fuerte puntapié. El balón fue a estrellarse contra la fotografía, esta calló del estante y se rompió el cristal del marco al estrellarse contra el suelo en una zona de la habitación que no estaba enmoquetada. Andrés se espantó, se levantó con dificultad y se acuchilló ante el desastre. Con paciencia empezó a recoger los cristales, con tan mala suerte que se cortó en un dedo.
—¡Ay! —Exclamó mientras se llevaba el dedo a la boca— No voy a llorar, nunca jamás, aunque me corte o me de el ataque. Prefiero desangrarme a llorar —decía, emulando los consejos de su padre.
El sonido de un claxon hizo que Andrés se acercara a la ventana. Era su padre que llegaba con su coche a toda prisa.
—¿Qué pasa ahora? ¿Y qué hace papá en casa tan pronto? —se preguntaba.
El hombre dejó el coche de cualquier manera con las llaves puestas en el contacto. Miró hacia arriba y le esgrimió una hoja de papel a modo de bandera mientras gritaba su nombre.
Lucas el padre de Andrés penetró en el interior de la casa y subió las escaleras a toda prisa hasta llegar a la habitación del niño. Entró y sin decirle nada, con el papel en la mano, se arrodilló ante su hijo, lo abrazó y lo estrujó contra su pecho a la vez que prorrumpía en un llanto lastimero e inconsolable. Andrés no comprendía por qué su padre, le abrazaba, le cubría de besos y no cesaba de llorar cuando su padre, jamás de los jamases, había vertido una sola lágrima, ni siquiera el día que los médicos les dijeron que su enfermedad podía… —sacudió la cabeza— mejor olvidarlo.
—Papa, los hombres no lloran…, me dijiste —reprochaba Andrés—. Sólo se desangran. Aunque nunca he entendido que significa eso.
—Lo se hijo, lo se pero yo lloro de alegría, no de tristeza —respondía el padre hipando frenéticamente.
—¿Que diferencia hay? Llorar…, es llorar.
Su padre se rehizo un poco, y así de rodillas ante él lo tomó por los hombros.
—Cuando un hombre ya se ha desangrado por completo, sin verter una sola lágrima, ya no le queda nada que derramar —Andrés le contemplaba atónito, sin entender—. Sin embargo, cuando te envuelve la alegría, una alegría que eclipsa los momentos más tristes de tu vida, sin quererlo, sin pretenderlo, los hombres, a veces lloran… Tenemos un donante compatible hijo. Pronto te curarás —soltó a bocajarro.
—¿De verdad papa? —Inquirió el pequeño Andrés con unos ojos como platos.
—De verdad hijo —asentía el hombre mientras se mocaba con un pañuelo
—¿Lo sabe mama?
—Viene para aquí. Vamos a celebrarlo hijo, por todo lo alto.
Andrés se quedó serio, con la mirada perdida en el marco roto y en su dedito, del que manaba un hilo de sangre. Miró el rostro de su padre marcado por el llanto y le sobrevinieron tantos y tantos momentos de dolor, tantos y tantos momentos de soledad, de tristeza de espera…, y de repente empezó a enfurecerse y a darle puñetazos a su padre en el pecho y patadas sin parar, de forma frenética. Su padre lo cogió por las muñecas e intentó calmarlo.
—Hijo, pero, ¿qué te sucede?
—Yo…—gimoteaba.
—¿Si?
—Yo, no soy ningún valiente. Yo… yo he llorado de tristeza, sin que nadie me oyera. Perdóname papá —reconocía a su padre entre pucheros.
—¿Que te perdone?
—Si perdóname papá, por haber llorado cuando nadie me veía, aquí solo, en mi cuarto. Me ponía una almohada en la boca para que no me escucharais y daba volumen a la tele… Lo siento papa He llorado solo, solo papá, sin que nada ni nadie me consolara. Me he tragado todos los mocos, tantos que pensé que moriría, me he sentido solo, sin consuelo, por el hecho de hacerte caso, de ser fuerte, de ser valiente, y ahora tú…, tú, cuando hay motivo de alegría, lloras como mamá.
—Hijo, perdóname tú a mí, porque he estado ciego y solo he visto mi pena por tu posible pérdida. He sido un egoísta, al no entender la tuya, al coartarte la espontaneidad de tus sentimientos y que te mostraras ante mí, desnudo con todo tu dolor…. Dices que te perdone ¿Cómo quieres que perdone…, tu valor? Los niños no lloran, son los hombres quienes si lo hacen aunque se desangren, y tú, tú eres un hombre y ya has llorado demasiado en soledad. Todos hemos llorado demasiado, encerrados en nosotros mismos, sin entender, que al igual que la alegría, la tristeza también hay que compartirla y que poco importa ser frágil, mostrar debilidad ante quienes te quieren. ¡Basta de esconder nuestros sentimientos! De intentar parecer fuertes, cuando solo somos hombres, débiles hombres tocados por la angustia, por la enorme pena que es… tu desgraciada enfermedad. Perdóname, hijo, por estar ciego, por no entender…
Lucas volvió a abrazar a su hijo, su cabeza encontró refugio entre su pecho. Noto su estremecimiento, su dolor, su angustia, su soledad, su pena, su infinito padecimiento, su alegría y su valor, su extraordinario valor. Había aprendido una lección de su hijo, acosta de su dolor, de su soledad, una sencilla lección que jamás olvidaría; todos, en algún momento, lloramos y nuestros lloros, deben ser compartidos, si ya es amargo de por sí llorar, en soledad resulta inhumano. Los hombres, cualquiera que se precie de serlo, debe dar rienda suelta a sus sentimientos, sin cortapisas, cada uno de nosotros debemos ser, nosotros mismos.