miércoles, 26 de marzo de 2008

LOS HOMBRES NO LLORAN

El pequeño Andrés extrajo con manos temblorosas el caramelo del bolsillo de su pijama, con gestos nerviosos y actitud ávida se lo puso en la boca casi sin desprenderlo del envoltorio, mientras su cara se contraía en un gesto de dolor. Chupó el caramelo de morfina con enorme ansia mientras se hiper ventilaba tal y como le habían enseñado, para mitigar los efectos del ataque que sufría. Apretó su diminuta mandíbula con fuerza y cerró los ojos, al hacerlo, las lágrimas resbalaron por sus mejillas…, otra vez aquel inhumano dolor.
Intentó levantarse de la silla para pedir ayuda a su hermano mayor, se había quedado en casa para cuidarle, pero el sufrimiento era superior a sus agotadas fuerzas. Sus débiles y escuálidas piernas apenas le aguantaron y cayó de bruces sobre el suelo enmoquetado de su dormitorio. En la caída, arrastró consigo la jarra de agua y la moqueta quedó empapada, al igual que él, mientras la gruesa tela amortiguaba el ruido de la jarra en su choque contra el suelo. Abrió la boca en un vano intento por gritar, pero resultó del todo imposible, el dolor le arremetía a oleadas intermitentes, cada una de ellas de mayor intensidad que la anterior. Se arrastró como pudo hasta alcanzar la mesita de noche, abrió uno de los cajones y con un increíble esfuerzo extrajo una jeringuilla, le sacó el tapón de plástico que cubría la aguja hipodérmica y con inusitado valor, impropio de sus nueve años, se la clavó en el muslo con un movimiento seco. La mantuvo clavada en su pierna unos segundos, mientras su diminuto pulgar presionaba la lengüeta de apoyo y hacía que el émbolo se desplazara, inoculando su contenido en su cuerpo. Se tendió sobre la moqueta, rendido por el esfuerzo agotador, con los ojos en blanco y la mente perdida en el techo de su habitación. Por suerte, la morfina rápidamente le otorgó una pequeña tregua.
A cuatro patas pudo llegar hasta la cama, con gran arresto, trepó por las sábanas y empapado como estaba, se recostó sobre el confortable colchón, cerró sus ojos y se dejó llevar por los recuerdos. Pronto aparecieron en su cabeza escenas de la última película que le había regalado su padre titulada «Ice Age», y una pícara sonrisa apareció en sus labios, rememorando las divertidas aventuras vividas por Mani y Sid con el bebé humano. El dolor parecía remitir y su respiración empezaba a cobrar la normalidad. Se reincorporó sobre su cama y desvió la vista hacia el despertador que descansaba sobre la mesita, su madre estaba trabajando y no volvería hasta las dos, la hora de comer, pero eso a él le era indiferente, únicamente quería que su madre le abrazara y descansar su cabecita en su pecho…, Andrés no podía ingerir alimentos sólidos y los líquidos, tampoco eran tolerados por su cuerpecito acribillado por la radioterapia, el suero era su único alimento.
Ya no iba a la escuela y sus amigos…, sus amigos parecían haberle olvidado, aunque pensándolo mejor, quizás la culpa era suya, apenas tenía ganas de chatear con ellos, bueno mas que ganas, las fuerzas le abandonaban apenas aporreadas tres teclas. Sus profesores le habían visitado en alguna ocasión, y le habían traído apuntes, para que no perdiera demasiado el ritmo de la clase, pero Andrés, no se encontraba con ánimos de repasar nada de nada. Siempre estaba solo…, con su dolor y con su llanto sordo…, mudo.
El recuerdo de sus amigos jugando en el patio entristeció su pequeño corazón, se sorbió los mocos y con la manga del pijama se limpió las lágrimas… «No lloraré, aunque me siga doliendo, no pienso hacerlo» se decía así mismo buscando el mando de la consola «Mi padre dice que los hombres no lloran, y tiene razón, solo se desangran, pero no lloran»
El mando de la consola le pillaba bastante lejos, tanto como un par de metros, pero ahora le resultaban inalcanzables. Se recostó en la cama y una nueva sonrisa volvió a dibujarse en su cara. Andrea, la chica de la primera fila de clase le llevaba de cabeza, aunque no se atrevía a decirle que le gustaba, ¿de cabeza? Se llevó las manos a su cráneo rapado, no pudo evitar unos pucheros recordando su melena... Todos en clase lo sabían, pero a él no le importaba, aunque se rieran, era su chica. Algún día reuniría las fuerzas suficientes para decírselo, o quizás ya no. Se encogió de hombros y expelió todo el aire de sus pulmones mientras intentaba serenarse y sobreponerse a sus recuerdos, a su llanto.
En aquel año y medio, azotado por la enfermedad, Andrés había madurado mucho. Razonaba como un adulto, y había asumido su enfermedad con total entereza, solo se derrumbaba en contadas ocasiones presionado por el intenso dolor y por los recuerdos de sus amigos. Lloraba en silencio sin quererlo, sin pretenderlo, porque él, él quería ser fuerte como su padre. Únicamente, cuando no había nadie presente como ahora, se le escapaba de su pecho, un angustioso llanto. No quería que su madre sufriera, la pobre, la pobre lloraba tanto. Siempre disimulando, aunque él se daba perfectamente cuenta del dolor que su estado infringía a su atormentada madre…
—No es nada Andresito, solo que me ha vuelto a entrar una pestaña en el ojo… Creo, creo que me he vuelto a resfriar, ¡claro con este tiempo!… No, si no me sacaré el resfriado de encima…Maldito rimel, ya me ha vuelto a entrar en el ojo…
«Lo sé mama, se lo que sufres, pero pronto todo acabará, ya verás» se infundía ánimos.
Se acercó con pasos lentos a su armario, y descolgó de una de las perchas, las prendas de su equipo de fútbol favorito. Andrés era un fan del «Barça» y su ídolo era Ronaldinho, su camiseta lucia su nombre con su número. Tomó del estante la pelota firmada por el as del balompié…, un día de Navidad en que fue a visitarle al hospital, Ronaldinho le regaló la pelota y se la firmó, era su mejor trofeo, su enorme tesoro junto con la fotografía que descansaba en su mesita. Le echó un vistazo, volvió a sonreír, esa pelota y la fotografía era la envidia de toda la clase.
—Ya se —dijo en voz alta— Si me pongo bueno, se la regalaré a Antonio, Antonio está loco por la pelota. La última vez me la quería cambiar por dos juegos de la play —Se llevó la mano a la cabeza, el dolor empezaba nuevamente... Antonio era su mejor amigo, pero hacía un mes que no venía a visitarle.
Vestido del «Barça» y con la pelota en las manos, volvió a tumbarse en la cama, aburrido, cansado por la situación y por su soledad mientras hacía inventario de sus pertenencias.
—La foto, la foto es para Oriol —se reafirmaba mientras continuaba hablando en voz alta— Y la play y todos mis juegos, para Marc —Marc era su hermano mayor y Oriol, su segundo mejor amigo. Marc al igual que Antonio, hacía un siglo que no venía a visitarle —Los pobres…, estarán con los exámenes, claro.
En la pared del fondo había un calendario, en rotulador amarillo Andrés había marcado los días de radioterapia y en verde, los días posibles de un transplante de médula.
Los doctores hacían todo lo posible, y sus padres también, sin embargo tanto su hermano como su padre, resultaban incompatibles con él, así que paciencia, se decía mirando el calendario, que se encontraba hasta final de año, limpio de marcas verdes, sin embargo sabía que se hallaba en lista de espera, así que todo era cuestión de tiempo. Esperar, esperar, esperar, tengo nueve años y estoy cansado de esperar.
Cuando sea mayor, quiero ser como papa —se decía con la pelota sobre su pecho—. Él siempre tan fuerte, nunca llora y yo, yo soy como mamá siempre con pucheros.
Tomo la pelota con rabia y le dio un fuerte puntapié. El balón fue a estrellarse contra la fotografía, esta calló del estante y se rompió el cristal del marco al estrellarse contra el suelo en una zona de la habitación que no estaba enmoquetada. Andrés se espantó, se levantó con dificultad y se acuchilló ante el desastre. Con paciencia empezó a recoger los cristales, con tan mala suerte que se cortó en un dedo.
—¡Ay! —Exclamó mientras se llevaba el dedo a la boca— No voy a llorar, nunca jamás, aunque me corte o me de el ataque. Prefiero desangrarme a llorar —decía, emulando los consejos de su padre.
El sonido de un claxon hizo que Andrés se acercara a la ventana. Era su padre que llegaba con su coche a toda prisa.
—¿Qué pasa ahora? ¿Y qué hace papá en casa tan pronto? —se preguntaba.
El hombre dejó el coche de cualquier manera con las llaves puestas en el contacto. Miró hacia arriba y le esgrimió una hoja de papel a modo de bandera mientras gritaba su nombre.
Lucas el padre de Andrés penetró en el interior de la casa y subió las escaleras a toda prisa hasta llegar a la habitación del niño. Entró y sin decirle nada, con el papel en la mano, se arrodilló ante su hijo, lo abrazó y lo estrujó contra su pecho a la vez que prorrumpía en un llanto lastimero e inconsolable. Andrés no comprendía por qué su padre, le abrazaba, le cubría de besos y no cesaba de llorar cuando su padre, jamás de los jamases, había vertido una sola lágrima, ni siquiera el día que los médicos les dijeron que su enfermedad podía… —sacudió la cabeza— mejor olvidarlo.
—Papa, los hombres no lloran…, me dijiste —reprochaba Andrés—. Sólo se desangran. Aunque nunca he entendido que significa eso.
—Lo se hijo, lo se pero yo lloro de alegría, no de tristeza —respondía el padre hipando frenéticamente.
—¿Que diferencia hay? Llorar…, es llorar.
Su padre se rehizo un poco, y así de rodillas ante él lo tomó por los hombros.
—Cuando un hombre ya se ha desangrado por completo, sin verter una sola lágrima, ya no le queda nada que derramar —Andrés le contemplaba atónito, sin entender—. Sin embargo, cuando te envuelve la alegría, una alegría que eclipsa los momentos más tristes de tu vida, sin quererlo, sin pretenderlo, los hombres, a veces lloran… Tenemos un donante compatible hijo. Pronto te curarás —soltó a bocajarro.
—¿De verdad papa? —Inquirió el pequeño Andrés con unos ojos como platos.
—De verdad hijo —asentía el hombre mientras se mocaba con un pañuelo
—¿Lo sabe mama?
—Viene para aquí. Vamos a celebrarlo hijo, por todo lo alto.
Andrés se quedó serio, con la mirada perdida en el marco roto y en su dedito, del que manaba un hilo de sangre. Miró el rostro de su padre marcado por el llanto y le sobrevinieron tantos y tantos momentos de dolor, tantos y tantos momentos de soledad, de tristeza de espera…, y de repente empezó a enfurecerse y a darle puñetazos a su padre en el pecho y patadas sin parar, de forma frenética. Su padre lo cogió por las muñecas e intentó calmarlo.
—Hijo, pero, ¿qué te sucede?
—Yo…—gimoteaba.
—¿Si?
—Yo, no soy ningún valiente. Yo… yo he llorado de tristeza, sin que nadie me oyera. Perdóname papá —reconocía a su padre entre pucheros.
—¿Que te perdone?
—Si perdóname papá, por haber llorado cuando nadie me veía, aquí solo, en mi cuarto. Me ponía una almohada en la boca para que no me escucharais y daba volumen a la tele… Lo siento papa He llorado solo, solo papá, sin que nada ni nadie me consolara. Me he tragado todos los mocos, tantos que pensé que moriría, me he sentido solo, sin consuelo, por el hecho de hacerte caso, de ser fuerte, de ser valiente, y ahora tú…, tú, cuando hay motivo de alegría, lloras como mamá.
—Hijo, perdóname tú a mí, porque he estado ciego y solo he visto mi pena por tu posible pérdida. He sido un egoísta, al no entender la tuya, al coartarte la espontaneidad de tus sentimientos y que te mostraras ante mí, desnudo con todo tu dolor…. Dices que te perdone ¿Cómo quieres que perdone…, tu valor? Los niños no lloran, son los hombres quienes si lo hacen aunque se desangren, y tú, tú eres un hombre y ya has llorado demasiado en soledad. Todos hemos llorado demasiado, encerrados en nosotros mismos, sin entender, que al igual que la alegría, la tristeza también hay que compartirla y que poco importa ser frágil, mostrar debilidad ante quienes te quieren. ¡Basta de esconder nuestros sentimientos! De intentar parecer fuertes, cuando solo somos hombres, débiles hombres tocados por la angustia, por la enorme pena que es… tu desgraciada enfermedad. Perdóname, hijo, por estar ciego, por no entender…
Lucas volvió a abrazar a su hijo, su cabeza encontró refugio entre su pecho. Noto su estremecimiento, su dolor, su angustia, su soledad, su pena, su infinito padecimiento, su alegría y su valor, su extraordinario valor. Había aprendido una lección de su hijo, acosta de su dolor, de su soledad, una sencilla lección que jamás olvidaría; todos, en algún momento, lloramos y nuestros lloros, deben ser compartidos, si ya es amargo de por sí llorar, en soledad resulta inhumano. Los hombres, cualquiera que se precie de serlo, debe dar rienda suelta a sus sentimientos, sin cortapisas, cada uno de nosotros debemos ser, nosotros mismos.

6 comentarios:

JorgeDiaz dijo...

"Cuando un hombre ya se ha desangrado por completo, sin verter una sola lágrima, ya no le queda nada que derramar"
Me encanta esta frase. Tiene algo de filosofía práctica.
Hace unos doce años conocí a una niña de nueve años muy inteligente llamada Wendy. Wendy estaba en cuarto grado y era una de las niñas más inteligentes de la escuela. Tenía el cabello muy rizado y le crecía mucho, pero a veces, comencé a notar, se ponía una boina azul. Se le caía el cabello. Esto ocurría con frecuencia. Al terminar el cuarto grado, en vacaciones, tuvo una hemoorragia nasal y murió desangrada. Al leer tu cuento me acuerdé de ella y también de esos momentos en los cuales uno mira hacia el cielo y pregunta lleno de rabia: ¿Por qué? en una de mis novelas El Hombre en el Camino, coloqué a esta niña en una escena y el personaje principal le hace la misma pregunta a Dios: ¿Por qué? Yo mismo, a veces, levanto mi mirada al cielo, me acuerdo de aquella niña que siempre reía y me pregunto ¿Por qué?
Gracias por ese trozo de ternura que es tu cuento. Gracias, de todo corazón.
JD

magda dijo...

Querido Amando:Una vez me dijeron que yo escribía cosas tristes porque tenía el corazón lleno de tristeza. Tu lo tienes lleno de dolor. Por eso lo sabes describir con tanta exactitud. Pero también lo tienes lleno de ternura porque este sentimiento rebosa las palabras, lo transmites aunque no quieras. Hermosa narración para que los hombres no se avergüencen de llorar. La vida nos da más lágrimas que risas. Debemos aceptarlo con valor. Un saludo - MAGDA.

Malube dijo...

Parece que somos más de los que yo pensaba los que escribimos sobre el dolor real, el de este mundo y no del de los bosques encantados de algún mundo inventado.
Me ha gustado mucho. Es tierno y duro a la vez. Comentaría amás cosas pero no quiero hacerlo largo. Enhorabuena

Roberto Arévalo dijo...

Hermoso relato, aunque lleno de dolor y sentimientos, lleno de una cruda realidad a la que muchos no nos gusta mirar. Pero está bien que gente como tú nos recuerde lo que hay en el mundo, el sufrimiento y el valor que hay detrás de las personas, incluso de un valiente niño. Enhorabuena por saberlo transmitir y esperemos que relatos como este nos recuerde que estos problemas existen y que debemos tomar conciencia de ello.

Saludos amigo y otro para ese niño de tu relato del cual estoy seguro que en algún lugar existe, con esa fuerza y ese valor.

Pezkeñin dijo...

vaya... hoy linkeando de la página dle foro literario he hecho un buen descubrimiento, llegé a tu blog, leí este relato que me pareció genial, no solo por la manera de expresarse o la claridad en el escrito, sino por la veracidad de los pensamientos y sentimientos cuando estos empapan tus sentidos, enhorabuena.

Anónimo dijo...

Te adivinaba con esa ternura encapsulada en tu madurez literaria.
Me ha encantado tu blog, tus palabras, tu forma de engendrar poesia, historias, escenas.
Gracias por tu talento.
Alejandra.